RUFIÁN Y LOS LÍMITES DEL DECORO

Aparte de que Rufián suela ofrecer un rico repertorio de todas las descortesías catalogadas por los pragmatistas, el elevado grado de incidencia en ellas resulta verdaderamente fascinante como fenómeno lingüístico. Mi análisis en el Journal of Pragmatics concluye que Rufián ha sistematizado una idiosincrática dialéctica que trasciende sobremanera el uso «convencional» del lenguaje político.

En primer lugar, Rufián crea lo que Manfred Kienpointner presenta como la esencia de la mala educación: una emotional atmosphere. A partir de ahí, despliega el repertorio de descortesías reconocidas por Culpeper y Bousfield y, además, enuncia posverdades a diestro y siniestro, persiste en irrelevancias que nada aportan al debate, emite acusaciones infundadas, asaetea al interlocutor con términos despectivos, lo ofende en lo personal, adopta un tono paternalista para zaherirlo, formula preguntas capciosas, lo interrumpe constantemente y recurre al sarcasmo para denigrarlo.

Todo ello vulnera ampliamente el lenguaje «convencional» y el decoro parlamentario, con un ánimo aparentemente beligerante y ofensivo. Culpeper observó que las expresiones descorteses propician una «escalada» de la tensión dialéctica. Rufián crea una «atmósfera emocional» y eleva el tono hasta niveles intolerables. Algunos, como la vicepresidenta de la Comisión, acaban por reaccionar correspondiendo con un insulto.

Otros, como Aguirre y Aznar, lo torean graciosamente. Lo que Espada venía a decir en su artículo refleja las observaciones del prestigioso catedrático de Lancaster: que ante ataques dialécticos tan desaforados, la mejor defensa pudiera ser el ataque.

La denuncia cursada contra Espada aducía que había usado «términos claramente despectivos y hostiles». Analizado todo desde un punto de vista estrictamente lingüístico y científico, queda fuera de toda duda que quien profiere lenguaje «despectivo y hostil» que «provoca al odio» no es Arcadi Espada.

J. A. Garrido Ardila ( El Mundo )

viñeta de Linda Galmor