SALOMÓN Y EL PIN PARENTAL

Hay algo en el debate del pin parental que me recuerda a Salomón y su justicia. De quién es el niño, o dicho de otro modo quién es la madre: los padres o el estado. En el Libro de los Reyes el monarca lo tuvo claro. Supo quién quería al niño porque no estuvo dispuesta a partirlo por la mitad.

Siempre me inquietó el desenlace de ese relato bíblico. ¿Qué le hubiera pasado a ese niño si ninguna de las dos mujeres lo hubiera querido? Si las dos hubieran estado dispuestas a mutilarlo.

Ese es el escenario temido al que estamos asistiendo, un conflicto de valores éticos, concretamente libertad y justicia que son enfrentados en un contexto político de gran polarización con planteamientos maximalistas retroalimentándose: la libertad de conciencia para educar a los hijos frente a la justicia del respeto a minorías socialmente discriminadas.

Como si fueran mutuamente excluyentes, como si no hubiera cursos intermedios de acción que preservaran sendos valores, como si no hubiera habido nunca cursos extremos de acción vergonzantes que los hubieran prostituido a ambos. Malos tiempos para los matices, en donde toda falta de adhesión sin fisuras es considerada una traición equidistante. Qué razón tenía Camus, si fracasamos conciliando libertad y justicia, fracasamos en todo.

La discusión en el terreno exclusivo de lo abstracto crea monstruos. Así se alimenta la dialéctica padres-estado argumentando sobre el mejor interés del menor, por supuesto disputándose ambas partes la legitimidad de preservarlo en régimen de monopolio.

Se introduce entonces otro valor ético al complejo entramado subyacente a esta batalla campal, la beneficencia, el preferido por antonomasia para erigirse en posición de superioridad moral y denigrar al contrario. Ejemplos de exaltación de la beneficencia hasta el delirio doctrinario los hay trágicos, Hildegart «modelo de mujer del futuro» asesinada por su madre por traicionar el fin «progresista» para el que había sido concebida.

Y no menos paradójicos: No es casualidad que John Stuart Mill educado en casa bajo un régimen paterno de terror fuera el padre del liberalismo que algunos invocan en falso.

Así nos tropezamos con el cuarto valor ético en liza, clave en esta triste disputa, la no maleficencia: primero no hacer daño. El Estado, como Salomón debe evitar el perjuicio potencial de unos padres que se extralimiten en el ejercicio de sus funciones y garantizar una socialización de futuros ciudadanos libres e iguales; y los padres deben ejercer una paternidad responsable, garante del proyecto vital autónomo de los hijos, evitando intromisiones estatalistas espurias, sin adueñarse de ellos.

¿Qué sentiría el niño de Salomón? La libertad y la justicia verdaderas nunca son descarnadas. Siempre tienen en cuenta al ser humano al que se deben y en el que cobran todo su sentido.

Quienes afirman que los gays lo son por razones ideológicas, que la homosexualidad es una enfermedad tratable y que enseñar respeto a la diversidad es adoctrinar, desconocen hechos básicos: La homosexualidad es una condición humana, que ni se elige, ni se aprende ni se contagia.

No caben coartadas pseudocientíficas en la Psiquiatría actual ni intrusismo ilegítimo, obviamente inefectivo y gravemente destructivo, desde dogmatismos anacrónicos basados en la falacia naturalista.

Quienes por el contrario tengan la tentación de atribuirse en exclusiva una justicia que no les pertenece, ajusticiando simbólicamente y excluyendo de la dignidad del espacio público a todos aquellos que no quieren ser poseídos por un sentido de la identidad unívoca y reduccionista, que elimina entre otros el derecho a la pluralidad política y la libertad religiosa, han de ser conscientes de que están incurriendo exactamente en lo mismo que denuncian: la intolerancia.

¿Qué sentirá un niño LGTBI hoy? No deberían ser rehenes en el campo de batalla, porque no pertenecen a nadie, ni a sus padres ni al Estado. Si existe el amor incondicional en esta tierra, es el que los niños profesan a sus padres.

Por eso sólo somos depositarios transitorios de su derecho a ser leales a sí mismos. Su mundo interno en caso de conflicto tiende a la culpabilidad autoreferencial. Antes se traicionarían que traicionarnos. No podemos abocarlos a esa encrucijada sin salida, a esa amputación imposible, a ese sufrimiento inútil y evitable.

Ese es el genuino límite que propone la ternura. La defensa de los derechos de las minorías es una responsabilidad social compartida que garantiza los derechos de todos. Encuentren ambos otras metas políticas y proselitistas inocuas, ajenas a la identidad, que los distingan en el escenario.

No crean que son la auténtica madre del niño si no están dispuestos a renunciar a él, y a cambiar de opinión, antes que a sacrificarlo. Basta con recordar esa patria común que es la infancia. Yo también como Camus, entre la justicia y mi madre, elijo a mi madre.

Todo valor ético llevado al extremo traiciona su contenido y se convierte en su contrario. Salomón lo sabía, y la madre del niño, también.

Mercedes Navío Acosta ( El Mundo)