SALUDAR CON EL CODO

Le alabo el gusto a Josemi Rodríguez Sieiro, que se niega a esta moda de saludar con el codo porque dice que en vez de cumplimentar a un amigo con el que se encuentra uno se está interpretado el Baile de los Pajaritos. Más ridículo el saludo no puede ser. E incluso dicen que más antihigiénico, si se trata de evitar contagios del virus.

Porque, antes de que se pusiera de moda este saludo, al comienzo de este desastre mundial y esta tragedia nacional, nos dijeron que si se estornudaba, había que hacerlo sobre el interior del codo. Con la cantidad de bichitos malos que pueden echarse en un estornudo.

Entonces, ¿en qué quedamos de hacer con el codo? ¿Estornudar o saludar con él? Baile de los pajaritos al margen, no he visto nada más ridículo y forzado que saludar con el codo. ¿Quién lo inventó? Pues seguramente una parte de la especie humana sobre la que no existen estadísticas: los que no tienen nada que hacer, más que inventar tonterías. Una tontería, y gorda, es esto de ofrecer el codo, como si quisieras abrirte paso entre la multitud.

Antes los codos se hincaban para estudiar, se empinaban para hartarte de alcohol, eran la medida de los que hablaban mucho. Sí, había pesados que hablaban por los codos; aunque no les preguntaras nada, te plantaban el rollo de su historia, te interesase o no. Hablando por los codos.

El codo era hasta una medida lineal. Se tomó de la distancia que media desde el codo a la extremidad de la mano. Te lo podías fastidiar con un codo de tenista. Pero lo que no nos podíamos imaginar era que el codo sirviera un día para hacer el ridículo saludando en las presentes y preocupantes circunstancias de los brotes y los rebrotes del Covid, para evitar dar la mano o un beso.

Una de las cosas buenas que ha traído la pandemia ha sido la supresión por la Conferencia Episcopal de la ordinaria ceremonia de darse la paz en la misa. Su sustitución por una discreta inclinación de cabeza ha sido de lo más elegante que nos ha traído esta maldita enfermedad.

¿Por qué no se ha adoptado, a la japonesa, la inclinación de cabeza como sustitutivo del apretón de mano o del baboseo del besuqueo para los saludos en tiempos tan aciagos? Hubiera sido elegantísima la levísima inclinación de cabeza como modo universal de saludo y no esta tontería absurda del codazo.

Cuando en Bruselas se han reunido los presidentes de la Unión Europea para el reparto y la forma de pago de los fondos de recuperación, se han visto muchos saludos a codazos. ¿Y saben qué me ha parecido, más que saludos de los líderes de los Veintisiete?

Pues que los países llamados «frugales», con Holanda a la cabeza, querían echar de allí, eso, a codazos, a los gastosos como España o Italia que querían trincar la tela de las ayudas comunitarias por la cara, sin devolver un euro y sin reformar nada y mucho menos ahorrar y dejar de derrochar, en ministerios, altos cargos y asesores, en plan «paguita». Pegar el mangazo por las buenas. Sí, eso me parecía.

El caso es que vengo observando que quien intenta saludarte a codazo limpio parece que quiere presentarte excusas por intentar algo tan ridículo. Yo no me dejo saludar a codazos. Ni los doy. Sigo las sabias enseñanzas de Josemi y no estoy dispuesto a hacer el primer tiempo del Baile de los Pajaritos. Ni que estuviéramos en una terraza nocturna de Benidorm con música y turistas, cuando había terrazas nocturnas, músicas y turistas, ¿te acuerdas?

Dios mío, lo que ha cambiado todo. Tú hace un año hubieras intentado saludar a alguien pegándole un codazo y te hubiera devuelto, al menos, media bofetada, por descarado.

Ahora es lo que se lleva. Así que menos codazos, más inclinaciones de cabeza y más distancia es lo que necesitamos. Y si no saludamos ni con inclinación de cabeza, mejor. Más distancia y menos riesgo. Y más elegancia.

Antonio Burgos ( ABC )