Sánchez contó a los presidentes autonómicos que en la segunda quincena de julio la incidencia del Covid-19 subió un 204 por ciento, pero que no estamos peor que otros países europeos donde hay más casos. Otra vez exhibió el presidente ese escudo protector tan socorrido del mal de muchos.

Nos hemos metido en agosto y no hay plan. No hay una política de Estado, sino diecisiete gobiernos regionales improvisando una respuesta. En el tono moderado que caracteriza al presidente de la Xunta de Galicia, Núñez Feijóo respondió que la situación es por lo menos «confusa».

Ni sabemos dónde estamos ni tampoco a dónde vamos. Otra cosa es de dónde venimos: de ser el segundo país con mayor tasa de letalidad por coronavirus. En esta ocasión ya no cuela eso de que no se veía venir, que no había información como para haber reaccionado un par de semanas antes, como repite el argumentario oficial desde el desastre de marzo y abril.

Los datos de Cataluña, con diecinueve muertos en un solo día, mantienen encendidas las alarmas de una ciudadanía que se ha metido en el mes de agosto sin saber qué se va encontrar a la vuelta de septiembre. Sánchez se ha lavado las manos siguiendo las instrucciones del señor Simón, que, después de darle un meneo memorable al turismo, sigue contando los brotes hasta que sumen lo suficiente como para certificar con solemnidad que hemos entrado en la segunda ola.

Mientras tanto, a surfear la situación sin que sepamos si en su centro de Emergencias del Ministerio de Sanidad sabían que a estas alturas de verano íbamos a estar así. Siempre habrá tiempo para una explicación parecida a las proporcionadas por ese comité de expertos que nunca existió. De la alarma y el recorte de derechos y libertades hemos pasado al salvase quien pueda.

No hemos salido más fuertes, como nos dijo el Gobierno, ni tampoco el virus ha sido derrotado, como se jactó un presidente al que nada le pasa factura política. La recesión económica ya confirmada y los datos del paro real por conocer no merecen ningún aplauso.

El Gobierno se ha quedado a la espera del dinero europeo y de la vacuna. Que otros resuelvan el problema, pero sin que se parezca a un rescate. Mientras tanto, los ciudadanos libres e iguales y sus diecisiete sanidades combaten el calor, se sientan en las terrazas y pasean por las playas con las bocas tapadas con mascarillas que disimulan el susto, la preocupación y sobre todo la incertidumbre.

Juan Pablo Colmenarejo ( ABC )

viñeta de Linda Galmor