SÁNCHEZ, AGENTE ELECTORAL DE VOX

Tres detalles ocurridos ayer, que habrán molestado a millones de españoles de a pie, deseosos de algo tan sencillo como que en su país imperen el orden público y la ley:

1.- Vándalos de Arran, juventudes de la CUP, atacan las sedes de Cs y el PP en Barcelona, apedreando sus lunas y pintando sus fachadas con amenazas. Además, sabedores de que probablemente su tropelía quedará impune, se permiten reivindicarla. Nada nuevo en Cataluña. El estiércol ante los juzgados, las pintadas en la vivienda catalana del juez Llarena, los destrozos en el comercio de los padres de Rivera o el borrokismo contra las oficinas de los partidos constitucionalistas son prácticas reiteradas. Ni siquiera se comentan demasiado.

2.- Un ex alto cargo de Hacienda de la etapa de Montoro declaró ayer en el juicio del golpe de 2017 que el Gobierno separatista catalán pudo haber burlado el control del Ministerio, desviando fondos públicos a la organización del referéndum. Es decir, existe la posibilidad que los impuestos de todos los españoles sirviesen para costear la consulta ilegal. La semana pasada, en ese mismo juicio, Trapero, exjefe de la Policía autonómica, reveló que tenía preparado un dispositivo para detener a Puigdemont si se lanzaba a incumplir abiertamente la ley, como así hizo. No lo aplicó, porque nadie se lo pidió. El Gobierno de España dejó hacer.

3.- La Junta Electoral exigió la semana pasada al Gobierno de Torra que en 48 horas retirase los lazos amarillos y la simbología separatista de las fachadas de las instituciones catalanas. Torra no lo hizo. La insólita reacción de la Junta no fue obligarle, sino otorgarle 24 horas más. Torra y sus consejeros han vuelto a fumarse la orden. Pero el Gobierno de Sánchez se encoge de hombros, despeja el balón y se limita a enviar a la Junta Electoral fotos de cómo están las fachadas, para que ella decida. Resultado: el Gobierno catalán, máximo representante del Estado en Cataluña, se instala en la desobediencia y nada ocurre.

Escenas así no pasan desapercibidas. Muchísimos españoles anónimos se indignan al observar que un Gobierno regional goza de bula para saltarse las normas que nos obligan a todos. De ahí brota el grueso del voto a Vox, cuyo mayor agente electoral es Sánchez (hablamos de un presidente de España que incurrió en la infamia de recibir en La Moncloa a un Torra que portaba en su solapa el lacito amarillo, símbolo del golpismo antiespañol). «Si toleras el desorden para evitar la guerra, primero tendrás desorden y después guerra», advertía el perspicaz Maquiavelo.

El enorme enfado por los abusos separatistas provoca una reacción emocional: responderles con lo más duro que se tenga a mano, y para muchos votantes eso se llama Vox. Personalmente desconfío del voto visceral, sea de derechas o de izquierdas, prefiero la aburrida moderación y estimo que tanto Casado como Rivera ofrecen contundencia suficiente frente a la inhibición de Sánchez. Pero se entiende el inmenso hartazgo de quienes optan por réplicas duras, porque el entreguismo del PSOE y Podemos en el mayor problema de España resulta insufrible.

Luis Ventoso ( ABC )