Muy mal debió sentarle ayer al presidente del Gobierno la decisión del Tribunal Superior de Justicia de Madrid de hundir, por vulnerar el derecho fundamental de circulación de las personas, la maniobra de Salvador Illa para mantener «cerrada» Madrid durante dos semanas.

Su airada reacción ultimando para hoy una reunión extraordinaria del Consejo de Ministros sin darse por aludido por el auto judicial, y con el único objetivo de imponer por decreto el estado de alarma exclusivamente en Madrid, sin diálogo ninguno y sin que ni siquiera la comunidad autónoma lo haya solicitado, demuestra el talante autoritario con el que se maneja.

Ayer por la mañana Pedro Sánchez había quedado retratado por los jueces, y por la noche se retrató a sí mismo en su intolerancia, su concepto abusivo del poder, y su soberbia para mantener un nuevo pulso desde La Moncloa al poder judicial.

Lo de Sánchez no se reduce solo a un pretendido interés por salvaguardar la salud pública y proteger a los madrileños del coronavirus, sino a un contundente gesto de egolatría para tratar de demostrar que en España solo manda él.

La Moncloa no ha podido resistir que los jueces diesen la razón jurídica, y también un balón de oxígeno político, a la presidenta madrileña, Isabel Díaz Ayuso, y prefiere mantener abierta una guerra institucional que desapodere a las autonomías frente al Gobierno central.

Tal como sostenían por la mañana los jueces, es factible decretar el cierre total de una autonomía, e incluso restringir derechos fundamentales para proteger la salud pública, siempre y cuando la legislación «habilite» las previsiones jurídicas necesarias.

Pues bien, ni la orden ministerial de Illa del 30 de septiembre, ni el decreto de «nueva normalización» aprobado por Sánchez en junio, establecen una sola previsión jurídica que avale un cerrojazo como el diseñado por La Moncloa. Sánchez jamás resolvió esas lagunas legales por pura indolencia.

Advertido estaba, pero se limitó a dar por superada la pandemia, a animar a los españoles a «disfrutar de la nueva normalidad» en vacaciones, y a declinar en las autonomías cualquier responsabilidad de los rebrotes. Por eso es el máximo responsable de la incertidumbre que indigna a los ciudadanos.

La conclusión de esta amenaza lanzada con nocturnidad beligerante es que a Sánchez le pueden las ansias en su pulso de poder con Madrid.

El truco de La Moncloa para imponer una alarma encubierta e ilegal había quedado al descubierto, y eso le empujó a dinamitar anoche cualquier opción de consenso frente a la confusión que invade al ciudadano.

Lo suyo no es tanto la salud pública como la crispación, por necesarias que sean las restricciones dada la gravedad de la segunda ola de contagios.

ABC

viñeta de Linda Galmor