SÁNCHEZ, ATERRIZAJE FORZOSO

El coronavirus, de cuyos primeros casos China informó con lamentable retraso, se ha convertido en una pandemia que bloquea el mundo. Las consecuencias principales son tres: la pérdida de vidas, ya más de cinco mil; el frenazo en seco de la economía global y un brusco e inesperado cambio en nuestros hábitos de vida (con el encierro han retornado las comidas en familia, el bendito tiempo para aburrirse y la conversación doméstica; además ha llegado el teletrabajo, probablemente para quedarse).

Una máxima económica elemental, que socialistas y comunistas soslayan, es aquella que recuerda que «tu gasto es mi ingreso». Sufrimos el doble sopapo. Ha caído la oferta, porque la factoría del mundo, China, ha echado el cierre. Y, sobre todo, se ha desplomado la demanda por una epidemia de miedo.

Seamos sinceros: si no aparece pronto una solución médica, el horizonte económico es espantoso. ¿Por qué? Pues porque este colosal rejón sorprende a las empresas con una deuda mayor que en 2008 -en el Ibex hay ejemplos de sepulcros blanqueados- y a los bancos centrales con la munición de liquidez agotada y los tipos ya por los suelos.

El seísmo ha empezado. Alex Cruz, el ejecutivo español que manda en British Airways, advirtió ayer que el temblor «será peor que la crisis de 2008, el SARS y el 11-S» y que veremos aviones parados y despidos «como nunca antes». Lufthansa ha solicitado un crédito de auxilio a Merkel.

Las organizaciones mundiales de turismo auguran un desplome del 25%, que morderá con saña a España, donde el sector supone el 15% del PIB. Las bolsas se arrastran conmocionadas y la inversión yace muerta. Hoy cerrarán los bares y restaurantes de Madrid. ¿Cuánto van a tardar los dueños de esos negocios en prescindir de gente, como hacen ya los hoteles?

El reto desborda a cualquier Gobierno, incluso a los diligentes. Pero en España nos ha pillado con un presidente en la inopia de sus progresismos y con poca tesorería para defendernos (la deuda pública supone el 97,6% del PIB). El primer caso llegó aquí a finales de enero.

Pero el Gobierno se ha desperezado todavía esta semana. La crisis quedó al albur de las comunidades, cada cual con sus recetas. El Ejecutivo central se limitó a las ruedas de prensa de balance de un científico amable -Simón-, acompañado de un ministro de Sanidad ajeno por completo a la materia y sin currículo. Solo ahora, con Madrid casi cerrado, despierta Sánchez para anunciar el estado de alerta y un paquete económico insuficiente.

Falta liderazgo. Y no solo en España. La UE está desaparecida. El BCE ha sacado la manguera, pero sin agua. Trump da bandazos. China, la que la ha liado, va lo suyo. El siguiente paso en España debería ser un Gobierno de unidad nacional, acorde a la magnitud de un envite que de entrada va a sumir a la zona euro en recesión.

Un Ejecutivo de emergencia, dando entrada a los partidos constitucionalistas y aparcando para siempre la lesiva y delirante alianza con el separatismo. Repulsivo el discurso de Torra anoche llevando una enfermedad global a su noria obsesiva del victimismo antiespañol.

Luis Ventoso ( ABC )