En pocos momentos de la historia reciente ha vivido la economía europea un panorama de semejante incertidumbre económica.

Primero fue la pandemia y ahora se encadena con una guerra en la que todo lo que podemos desear es que solo tengamos que sufrir los efectos económicos que provocarán las sanciones contra Rusia, que pueden llegar a ser colosales, en un ambiente de inflación generalizada que puede agravarlos de modo exponencial.

Con el anuncio de su decisión de detener el programa de compra de deuda en junio precisamente para intentar contener la inflación, el Banco Central Europeo (BCE) ha enviado un mensaje que el Gobierno haría bien en escuchar con gran atención para no seguir tomando decisiones equivocadas como ha venido haciendo hasta ahora.

En efecto, hace tiempo que la economía española navega completamente al margen de las coordenadas que se pueden considerar razonables.

Ni el presupuesto actual ni el rumbo que mantiene el Gobierno tienen en cuenta la realidad, y los pocos datos positivos sobre el empleo se basan en elementos engañosos como la exagerada contratación pública, mientras que la errónea decisión de volver a vincular al IPC pensiones y sueldos de los funcionarios le deja sin margen de maniobra.

Se empeña en ignorar la propuesta del Partido Popular de rebajar la presión fiscal, sin tener en cuenta que en estos momentos hay impuestos como el IVA que están precisamente alimentando la inflación.

Sus desesperados intentos de contener el precio de la electricidad con mecanismos que los demás países europeos han rechazado solo sirven para poner de manifiesto que a pesar de las transferencias que hemos recibido desde la UE, la situación financiera del Estado es muy grave si no desesperada.

La noticia de que el BCE dejará de comprar deuda pública es especialmente alarmante para los países muy endeudados, peor aún para aquellos que no han controlado el déficit público y más grave todavía para los que no han logrado recuperar un buen ritmo de crecimiento económico.

España padece en estos momentos estos tres síntomas y el Gobierno actúa sistemáticamente ignorándolos porque, por un lado, está condicionado por sus socios populistas de extrema izquierda y por lo que respecta a la facción socialista de la coalición, esta no cultiva más objetivos que los propagandísticos.

Cuando el BCE empiece a retirar esas muletas con las que ha mantenido generosamente a los gobiernos que lo necesitaban se descubrirá cuáles han utilizado esta palanca para poner sus cuentas en orden y así poder caminar por su cuenta.

Cuando el Tesoro tenga que salir a vender su deuda en el mercado real, el Gobierno deberá afrontar la realidad de sus propias políticas sin trampa ni cartón y pagar el precio que le pidan los inversores.

Y ahí no valen de nada ni las mentiras ni las formulaciones tramposas con las que Sánchez sigue defendiendo lo indefendible.

El problema es que los efectos de la catástrofe que se avecina los tendremos que pagar todos.

ABC