SÁNCHEZ E IGLESIAS HUYEN COMO COBARDES

Hoy España brinda, al fin, las honras fúnebres debidas a las más de 45.000 víctimas que deja hasta ahora entre nosotros la pandemia.

Víctimas de una enfermedad aterradoramente cruel con los más débiles y vulnerables, desde luego, pero también de la soledad en la que muchas de ellas abandonaron este mundo sin el calor de una mano querida; del desamparo al que se vieron abocadas por el colapso de las redes asistenciales; en muchos casos que jamás serán reconocidos de la discriminación inherente a elegir qué vida salvar, a costa de condenar otra, en hospitales saturados, y también de la infame pretensión de esconderlas que caracteriza desde el principio la actuación de este Gobierno.

Víctimas del virus, sí, aunque sobre todo de la nefasta gestión de un Ejecutivo que infravaloró el terrible riesgo del que le habían advertido diversos organismos internacionales porque estaba más preocupado por mantener su agenda de manifestaciones «feministas» que por preservar la salud de una población ignorante de la brutal amenaza que se cernía sobre ella.

Víctimas del sectarismo, de la soberbia, de la incuria de un presidente cuya insensibilidad y desvergüenza llega al extremo de ausentarse esta tarde de Madrid, pretextando un viaje perfectamente aplazable a Lisboa, con tal de no estar presente en la misa funeral que, presidida por sus Majestades los Reyes, se oficiará en la catedral de la Almudena.

Pedro Sánchez huye como el cobarde que es y pone tierra de por medio. Huye de las mentiras y ocultaciones con los que ha intentado tapar la verdadera cifra de difuntos imputables a la Covid-19 a fin de minimizar la abrumadora responsabilidad que pesa sobre sus espaldas.

Huye de las miradas acusadoras que acaso le lanzaría alguno de los familiares presentes en el templo y de los probables abucheos que sufriría a la entrada o la salida. Huye de las desagradables imágenes que podría emitir alguna televisión de las pocas que no le rinden pleitesía.

Huye de cualquier asociación posible entre su insigne persona y la muerte. De ahí que su gabinete de propaganda haya orquestado para el próximo 16 de julio una ceremonia localizada en el Palacio Real, en la que en un mismo acto se rendirá homenaje a los fallecidos y a los sanitarios que les cuidaron, con la evidente intención de diluir cualquier tristeza y convertir un hecho trágico, sin precedentes en la memoria de los vivos, en una fiesta de la solidaridad donde los protagonistas no serán las víctimas sino los héroes de esta tragedia.

Huye de la cercanía con el Rey Felipe VI, muy querido por los españoles y que nos representará a todos esta tarde, cuya popularidad envidia hasta el extremo de empeñarse una y otra vez en ocupar el puesto que protocolariamente le corresponde solo a él.

Huye de la verdad y elude dar la cara, cosa habitual en un individuo que ha hecho de la mentira su modo de ser y estar en política.

Los dos máximos dirigentes de esta nación a la deriva faltarán hoy a su deber de acompañar a sus compatriotas en el momento más duro de cuantos nos ha tocado sufrir.

Ninguno de sus predecesores llevó tan lejos la vileza. Suárez, Calvo Sotelo, González, Aznar, Zapatero y Rajoy asistieron a funerales de Estado por víctimas de diversas tragedias y soportaron, con entereza, los reproches más o menos fundados de quienes quisieron volcar en ellos su frustración.

A Sánchez e Iglesias les faltan redaños y les sobra arrogancia. Una vez más demuestran carecer de altura moral para ocupar sus poltronas.

Isabel San Sebastián ( ABC )