SÁNCHEZ, EL PROCRASTINADOR

Reconozco que la primera vez que escuché el término procrastinar me excité. Nada, un poco solamente. Diría que el ligero acaloramiento fue más por fonética que por semántica. Probablemente la distancia que va entre la pereza y la procrastinación es la misma que separa el humor y la ironía.

Lo primero es más bien pasivo y lo segundo hace que la imaginación eche a andar sola. Procrastíname otra vezLa máquina de procrastinar, Todo lo que quiso saber sobre la procrastinación…, ¡Procrastine… procrastine… procrastíneme Tim!… Y así.

Luego, con el correr (con perdón) del tiempo cobras consciencia del significado y te das cuenta de lo impulsivos que son los instintos. Procrastinar es lo peor.

De hecho, esta sociedad tan productiva e instantánea pone a disposición de cualquiera con una cierta tendencia a dejarse llevar un auténtico ejército de coachs, teleoperadores, expertos en autoayuda, psicólogos y funcionarios del orden para combatir un mal que nos obliga a pasar tres horas de web en web, a repasar todos los hilos de Twitter hasta llegar al del administrador de nuestra finca y, llegado el caso, a limpiar los cristales del salón que sabe dios cuánto tiempo hace que nadie les pasa un paño. Y todo por no ponerse.

Pienso, por ejemplo, en la posición actual de Sánchez, el hombre en funciones. Estoy convencido de que un buen día descubrió el vocablo procrastinar y se dijo: «Era esto». Se excitó, seguro. Bien podría haberlo tomado por el lado teórico. De hecho, hay literatura.

Fue Paul Lafargue el que en su escrito clásico sobre la pereza lo dejó claro: «Es necesario que el proletariado vuelva a sus instintos naturales, que proclame los Derechos a la pereza, mil veces más nobles y más sagrados que los tísicos Derechos del hombre«. Pero no, la pereza, ya se ha dicho, es pasiva. Sánchez se inclina más por la holgazanería retozona. Mucho más activa, dónde va a parar.

Lo siguiente fue organizarse un plan de citas que para sí quisiera Carlos Sobera. Primero, los agentes sociales; luego, los núcleos irradiadores; más tarde, los colectivos sindicados, y, para el final, las organizaciones empresariadas. Nadie recuerda ya sí fue así o si los núcleos sindicales fueron después de las masas colectivizadoras. De lo que sí estoy seguro es que acabó en el timeline del administrador de fincas.

Siempre pasa. Se le critica y, en verdad, no nos damos cuenta de que hemos entrado en una era en la que la erótica del poder ha sido ya sustituida por el placer goloso de la procrastinación. Contra la dictadura del clic instantáneo, el kamasutra revolucionario del errático dejar paluego. Y ahí Sánchez no tiene rival. Será por planta.

Luis Martínez ( El Mundo )