SÁNCHEZ, EL PROTEGIDO

Se despidió del público en la última edición de su programa de fin de semana -«gracias por su atención», dijo antes de los títulos de crédito-, pero se quedó con el gusanillo, lo mismo que todos esos espectadores que se habían descargado la primera temporada de su serie, estrenada en marzo.

Ayer, nada más ver en los telediarios de sobremesa el ambientazo periodístico de la cabina del avión que lo llevaba a Mauritania, nos quedamos más tranquilos. Cuando Pedro Sánchez quiere que sepamos dónde va, llena el avión de reporteros.

Para llevar a su mujer a ver a los Killers en Benicásim y ese tipo de cosas que adornan la vida privada de las estrellas de la tele se las suele apañar solo, pero para rodar una buena secuencia en exteriores, seleccionados con esmero por su equipo de localizadores, con el Airbus detrás y el exotismo por delante, busca la complicidad de la cámara.

Mañana recibe al presentador del programa favorito de José Luis Rodríguez Zapatero -«esta crisis sería mucho peor sin vosotros», le dijo el expresidente en el pico de la curva- para hacer un directo y mantener el tono. La calle no la pisa, no vaya a coger algo.

La cantinela de la distancia social, repetida durante la retransmisión del estado de alarma, se le ha quedado a Sánchez como un manual de instrucciones y supervivencia. No ha visitado un hospital, ni un depósito de cadáveres, ni un cementerio, ni un cuartel, ni uno solo de los escenarios en los que se desarrolló aquello que quiso calificar de guerra para autorretratarse como mando único y hacer del plató de su programa la sede de la resistencia.

Al presidente del Gobierno le quedan dos semanas, hasta la celebración del homenaje que va a darse con la excusa de recordar a las víctimas de la pandemia, para ofrecer alguna señal de vida extratelevisiva y aproximarse con un mínimo de credibilidad a una gente a la que trata como mera espectadora de su guerra y su posguerra, que es de lo que va la nueva temporada de la superproducción que protagoniza.

El presidente del Gobierno ha confundido la distancia con la lejanía para garantizar la protección de su imagen, una medida propia del medio y del gremio en los que se mueve, pero impropia de una crisis cuya raíz ha estado y está precisamente en la desprotección física.

Jesús Lillo ( ABC )

viñeta de Linda Galmor