SÁNCHEZ EN DOÑANA

Doñana es un paisaje mítico desde que Caballero Bonald situó en el horizonte equívoco de su ensueño el escenario de una de las novelas más barrocas que se han escrito en el siglo XX: Ágata ojo de gato. Doñana es un paréntesis de la naturaleza en la costa dominada por el ladrillo y la especulación, por las escrituras ante notario y las reuniones en los reservados de los restaurantes donde se cambia el color de un terreno baldío y se rectifica un arenal para convertirlo en oro.

Doñana es ese sueño del pintor y del ecologista, del fotógrafo y del poeta que solo tiene que extraer el zumo de la naranja de la tarde para dar con la palabra exacta que buscaba Juan Ramón en la vecina Moguer. Doñana es todo eso y la residencia oficial, por unos días, del presidente del Gobierno que ha convertido España en la reserva natural de su estrategia para alcanzar y conservar lo único que le interesa en este mundo: el poder.

Sánchez se ha reunido con esos colectivos que se creen la llave de la democracia, la representación del pueblo, el espejo stendhaliano donde se refleja la verdadera sociedad. Sánchez anda presionando a los podemitas para que se nieguen a firmar un acuerdo de Gobierno.

Es la gran paradoja de este tiempo que fluye como los espejismos de Doñana, donde los más viejos aseguran que han visto barcos boca abajo: hay explicaciones científicas para esa ilusión óptica, como también hay analistas que creen en su infinita ingenuidad, o en su ilimitado cinismo, que Sánchez busca un acuerdo de verdad. ¡Criaturitas!

En su refugio de Doñana pasará unos días de asueto el presidente que puede presumir de haber llegado al cargo con el menor número de sufragios de nuestra reciente historia democrática. Allí podrá contemplar la quietud del silencio, el oleaje incesante que no descansa, los atardeceres que pinta Carmen Laffón desde el otro lado.

En Sanlúcar de Barrameda guardan memoria de la gesta de Magallanes y Elcano, que se echaron al mar abierto de la aventura sin saber cuál sería su destino. Sánchez es todo lo contrario. Le gusta amarrar la táctica con la cuerda de la demagogia. Maneja la posteridad de una manera tan virtuosa que entrará en los libros de historia por ello. Dice en cada momento lo que conviene, y si te hablé no me acuerdo.

Allí, en ese palacio anclado entre arenales que resisten las metáforas del tiempo, el presidente seguirá tejiendo su programa dejando a España en el olvido. Eso es lo más grave de todo. Lo demás es juego partidista en el tablero. Pero España no puede seguir en este estado donde lo transitorio se confunde con lo permanente. Y viceversa.

España no puede continuar en esta indecisión, en esta cuerda floja, en este espejismo de gobierno sin gobierno, como si en la Moncloa hubieran importado previamente el paisaje de este coto donde el presidente podría reflexionar sobre la nación que le ha tocado dirigir… si ese fuera su objetivo.

Mientras eso ocurre, el personal va a lo suyo y se entrega al descanso merecido. Eso, el que puede. El resto de la población se queda en casa, en el secarral de la rutina, en esa lenta agonía del tiempo que se estira como un chicle en las tardes pegajosas del barrio, del pueblo, de la falta de horizontes.

La España que no veranea es la antítesis del presidente que verá en Doñana el reflejo de su incertidumbre en el espejo barroco de una lejanía que Caballero Bonald retrató con precisión de orfebre. En la soledad de Doñana, un hombre llamado a la gesta y la hazaña podría liderar una gran reforma para una gran nación como España. Sánchez, que no es Magallanes, se limitará a seguir enredando, que es lo suyo.

Francisco Robles ( ABC )