SÁNCHEZ ES SU HOMBRE EN LA MONCLOA

Con la excusa de que la mesa de negociación con los nacionalistas catalanes será «difícil, larga y compleja», Pedro Sánchez creó ayer la excusa para que esta iniciativa dure el mayor tiempo posible y comprometa públicamente a Joaquim Torra, por si este quisiera cancelarla a corto plazo.

Y por mucho que dure la mesa, y si se quiere mantener el imperio de la ley y las normas de la democracia y el Estado de Derecho, el resultado será siempre tan inútil como ayer quedó demostrado, pues los separatistas solo persiguen dos cosas: autodeterminación y amnistía para los golpistas, propósitos imposibles para cualquier Gobierno de la nación, salvo que esté dispuesto a prevaricar.

Por lo pronto, en el comunicado conjunto -en realidad un esmerado blablablá- se marca como eje de la negociación la «seguridad jurídica», pues parece que los secesionistas ya han convencido a Sánchez de que se olvide de la Constitución. Hace tiempo que ya les compró la teoría del «conflicto político» y ahora, el tocomocho de la «seguridad jurídica».

Nada nuevo se produjo ayer, por tanto, salvo una quiebra de lo que deben ser las relaciones institucionales del Gobierno de España con las autonomías, un paso atrás en la fortaleza del Estado y, sobre todo, la ruptura de la igualdad de derechos de todos los españoles.

Eso fue lo único relevante, tristemente relevante, que salió de la llamada mesa, al margen de la bochornosa parafernalía escénica preparada infantilmente por La Moncloa para cebar el ego de la delegación de la Generalitat al tratar a Torra como un líder político extranjero.

Los socialistas quieren engañar a la opinión pública haciéndole creer que estas peticiones de los nacionalistas son efímeras y que con más dinero y más competencias el separatismo dejará de serlo. La historia desnuda esta estrategia de los socialistas, quienes no han conseguido nunca con sus pactos que el nacionalismo renunciara a la independencia. Al revés, el socialismo siempre ha hecho más fuerte al peor nacionalismo.

La reunión de ayer en La Moncloa es una prueba de esta experiencia histórica. Al sentarse con Torra, inhabilitado por desobediencia, y con Josep Maria Jové, investigado por diseñar el referéndum ilegal, Sánchez sostiene su investidura en el filo de la legalidad, porque la ha hecho depender de imputados, fugados y condenados por los tribunales. Ayer hasta se lo recordó Torra.

Por si fuera escasa tamaña indignidad, en otra mesa los socialistas negociaban con Bildu el techo de gasto del Estado. En esto se ha convertido el PSOE, en un legitimador de todo cuanto pone en riesgo la unidad nacional, la estabilidad constitucional y la convivencia democrática.

No hay más hilo conductor que el afán desmedido por el poder y el ansia por abrir una brecha insuperable con la España moderada, de centro-derecha, leal a la Constitución.

ABC