Será cosa de la contaminación atmosférica porque no es normal esta crisis de liderazgo. Estamos respirando aires de cobardía. Sánchez y Messi se han quitado del medio a la vez justo cuando huele a chamusquina. Pero nadie puede huir de su esencia.

Qué buena aquella frase de Walter Matthau en «Primera plana»: «No se pueden quitar las manchas a un leopardo ni enganchar un caballo de carreras a un carro de basura». Cuando llegan los problemas de verdad se le ven las costuras a todo el mundo.

Ningún líder desaparece durante una crisis. Aunque hay una diferencia sustancial entre Messi y Sánchez. Se llama talento. El presidente juega a todo o nada, como si en el campo fuera Leo, pero sin saber que la pelota es redonda. O se le da el balón a él todo el tiempo o que se lo queden los presidentes autonómicos.

El juego de equipo, el diálogo, la corresponsabilidad, la gestión conjunta, la empatía, la lealtad institucional y todos esos valores que están en la dimensión del estadismo y no del partidismo no tienen cabida en la política sanchista, que se ha atrevido incluso a incurrir en una histórica dejación de funciones por mero cálculo electoral.

Ahora le conviene que se vea la gestión de otros para defender la suya. Sublime revelación de mediocridad. Hay dos tipos de jugadores malos: los chupones y los que no quieren el balón. Si a Sánchez no le dejan regatear, patadón y tentetieso.

Olvidemos los datos de la primera ola y el maquillaje del número de muertos. Venga, aceptemos el pretexto de que esto nos cogió desprevenidos, sin apenas conocimiento del comportamiento del virus y sin medios para combatirlo.

Vamos a ser generosos y evitaremos comparar nuestros resultados con los de los países vecinos. Pero la dejadez veraniega del Gobierno no tiene perdón de Dios. No se puede consentir que con seis meses de ventaja estemos ahora improvisando la vuelta a los colegios. La ministra de Educación se ha ido y el de Universidades no ha venido. Hasta se duda de su existencia.

Hay quien dice que la cartera la recogió un holograma. Por supuesto que las competencias educativas están transferidas a las comunidades, igual que las sanitarias, pero España no es un estado federal aunque Sánchez lo pregone.

Por eso hay un Ministerio de Educación y otro de Sanidad. ¿O los pagamos sólo para que los políticos coloquen a su gente? Después del ridículo de marzo nos ha cogido el toro otra vez. Y además se ha revelado otra mentira insoportable de la progresía: la conciliación familiar.

Un Gobierno que dice luchar tanto por la igualdad, ¿por qué no tiene ya preparado un protocolo de vuelta a las clases para que las familias puedan organizarse con tiempo? Quizá el aborregamiento es más urgente.

Y aunque no se pueden quitar las manchas a un leopardo, nadie podrá reprocharle a Sánchez el burofax que ha mandado a las autonomías para que se queden con la crisis.

Messi es un ídolo y ha hecho lo mismo porque no se puede enganchar un caballo de carreras a un carro de basura.

Alberto García Reyes ( ABC )