SÁNCHEZ NO ES ZAPATERO

No, no es Zapatero. Fue un espejismo ver en Sánchez la reencarnación del leonés que pilotó este país, toda vela desplegada, hacia la ruina. Lo de la tesis plagiada llevaba a suponer que la inteligencia de éste estaba a la envergadura despampanante de la de aquel. Pero hay que ser muy listo para plagiar enterita una tesis doctoral, que te pillen y que no pagues por la fechoría un solo céntimo.

Zapatero hundió al país y acabó por regalar al PP su más vistoso éxito electoral: y eso, con un candidato tan seductor como Mariano Rajoy, tiene su mérito. Sánchez lleva ya un año y medio de gobiernos transitorios; si hace falta, prorrogará la provisionalidad indefinidamente; en el ínterin, el hombre que al borde estuvo de la decapitación dentro de su partido ha decapitado a todos sus opositores, ha incinerado y aventado los cadáveres de la vieja guardia felipista, ha reducido a la antaño opulenta faraona andaluza a una anorexia ciertamente envidiable.

En suma, ha liquidado el PSOE sin necesidad de cambiar las siglas: donde leí «Socialista», leo «Sanchista». Y el que quiera conservar su puesto, pues ya sabe. Y el que quiera medrar con cargo público, tres cuartos de lo propio.

Sánchez es la política del siglo XXI. Lo digo sin un asomo de ironía. Nada de memoria doliente de abuelos fusilados: eso queda para los vejestorios que exhiben retoñas punkis en sarao obamita. En contraste con el cejuno panticorto, los trajes de Pedro Sánchez están bastante bien cortados. Es además un chico guapo, sin asomo de histrión inglés ni de personaje de novela de Kosinski en versión cinematográfica del Míster Chance Peter Sellers.

Zapatero era una anacronía andante: hablaba la rayada lengua de los años treinta; lengua de corcho, enternecedora tal vez, pero risible. Pedro Sánchez habla como un ejecutivo analfabeto. Pero ser analfabeto no es defecto para uno cuya tarea consiste en ir ejecutando.

Con eficiencia. Las demasiadas letras, los demasiados libros, introducen preguntas, dudas. Un ejecutivo eficaz no debe preguntarse nada. Debe sólo apisonar en su camino a cualquiera que pueda serle una resistencia. Y es lo que el actual inquilino de La Moncloa ha hecho, hasta ahora, con raro arte. Ni un solo listo queda en la dirección del PSOE. Es la hora de los Lastra. Nadie que sepa leer tiene ya sitio en el socialismo español.

¿No hay objetivo estratégico en la cabeza del presidente? No. No lo hay. Es su mayor virtud: táctica sólo. El líder hodierno -no sólo en política- desprecia los objetivos y las estrategias. Nada de eso sirve para lo único en lo cual ocupa sus neuronas: el propio beneficio en un territorio sobrepoblado de predadores.

Perder el tiempo en grandes proyectos e ideas distrae de aquello que es, de verdad, lo único para lo cual la vida de un político modernísimo está planificada. Instalarse en el palacio presidencial, barrer el exterior de enemigos, barrer el interior de camaradas, asalariar como es debido una guardia pretoriana que sólo de los beneficios de su jefe dependa. Y dejar pasar el tiempo. Sin prisa. Ni ideología.

¿Es Iván No-Sé-Cuántos, como tantos dicen, o es Sánchez el inventor del concepto? Pregunta por completo irrelevante. Lo es la mercadotecnia, hoy única política: bello autómata. Y en ese automatismo no existe, hoy por hoy, salida: Sánchez, Junqueras, Iglesias ganan en todas las hipótesis.

Día a día, se irá pagando el precio para que la máquina ruede. No hay límite en ese precio. Ninguno: tampoco la independencia de Cataluña.

Gabriel Albiac ( ABC )

viñeta de Linda Galmor