Pedro Sánchez está ultimando una maniobra para apartar definitivamente a Susana Díaz del liderazgo del PSOE andaluz, de modo similar a como lo ha hecho inopinadamente con Miquel Iceta al frente del socialismo catalán por su incapacidad para servir como revulsivo electoral.

El rencor político acumulado por Ferraz contra Díaz viene de antiguo y hasta ahora Sánchez había prorrogado artificialmente su vida política como líder de la oposición andaluza después de que el PSOE no consiguiese gobernar esa autonomía tras hacerlo durante 37 años ininterrumpidos.

La dirección del PSOE podrá alegar que el socialismo andaluz exige una renovación drástica tras haber perdido el poder, y que la coalición entre el PP y Ciudadanos está consolidándose poco a poco en las encuestas ante la inoperancia de Díaz.

Pero lo cierto es que, más allá de ambas evidencias, Sánchez es incapaz de olvidar, y menos aún perdonar, que Díaz fuese la instigadora del Comité Federal que terminó defenestrando a Sánchez de la secretaría general del partido, y que más tarde le disputase las primarias, sin éxito, por cierto.

La acumulación de derrotas de Díaz, tanto en las urnas como a nivel orgánico en el partido, la ha situado en un limbo político sin perspectiva, y pese a sus desesperados esfuerzos de los últimos meses por congraciarse con Sánchez, el tiempo pasa al cobro las facturas pendientes.

En el fondo subyace un radical cambio de ciclo en el PSOE. Ya no es el partido de eternos debates internos y pugnas orgánicas en el que el peso de las «baronías» o ejecutivas territoriales imponía cuotas de poder propio al secretario general para mantener intactos algunos equilibrios esenciales.

Sánchez se ha apropiado del partido, ha derruido cualquier estructura de discusión interna, ha sometido a los dirigentes territoriales discrepantes y ha impuesto la aclamación innegociable al líder. Sánchez ha doblegado a Fernández Vara, Ximo Puig, Javier Lambán o García Page.

De vez en vez discrepan públicamente de Sánchez, pero de inmediato regresan al redil, como si todo respondiese a una estrategia de fingimiento deliberado y perfectamente diseñado para simular un debate que realmente no existe.

En el PSOE nadie osa contradecir en serio a Sánchez porque la disciplina interna lo impide, y porque ha conseguido resucitar aquella vieja máxima usada por Alfonso Guerra en los años ochenta, cuando era vicesecretario general del partido: «Quien se mueve no sale en la foto». Con Sánchez, en la foto solo sale él, y el resto de dirigentes han quedado reducidos a un núcleo de acólitos acríticos que se limitan a aplaudir.

Sin embargo, con Susana Díaz no transige, y probablemente durante todo este proceso de «arrepentimiento» la todavía dirigente andaluza no haya tenido ni la más mínima opción.

Esta es la forma que tiene Sánchez de entender el poder, omnímodo y autoritario. Ha laminado de facto los procesos de primarias, convertidos hoy en una pantomima, como denota el golpe de mano para imponer a Salvador Illa frente a Iceta en la lista electoral de Cataluña.

Ha sometido al Congreso para que actúe sólo a la medida de sus deseos y de sus cesiones al independentismo. Ha difuminado los órganos de poder del partido situando en ellos exclusivamente a afines.

Y ha impuesto una suerte de comisariado populista y radical allí donde siempre hubo corrientes socialdemócratas y constitucionalistas que ahora son silenciadas, cuando no insultadas.

El PSOE es un partido irreconocible modelado al capricho de Sánchez, y Díaz será una más en la larga lista de los que antes o después pagarán los platos rotos del sanchismo.

ABC