SÁNCHEZ NO PUEDE ESCAPARSE VIVO

El debate de esta noche puede dar la vuelta a las encuestas si Pablo Casado y Albert Rivera consiguen mostrar al público la auténtica naturaleza de Sánchez y hasta dónde está dispuesto a llegar. Deben despojar al personaje de su fachada falsaria, dejar al descubierto esa ambición desmedida por la que está dispuesto a traicionar los principios constitucionales sobre los que se asienta España y sacarle la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad, lo cual no es tarea fácil, pero tampoco imposible.

Rivera y Casado tienen una oportunidad acaso única, por más que el martes repitan en otra cadena, al tiempo que una obligación ineludible: la de impedir que el líder socialista derrotado, que pactó su silla presidencial con partidos filoetarras, separatistas y golpistas, pueda ganar en las urnas engañando a los españoles respecto de sus intenciones.

El candidato del puño y la rosa no debe escaparse vivo de un careo que ha estado intentando eludir, a base de artimañas varias, hasta verse obligado a ceder ante las legítimas exigencias de una democracia renuente a ser avasallada. Sus interlocutores han de obligarle a contestar tres preguntas claves para el futuro de nuestra Nación, que por vez primera se enfrenta en unos comicios generales a varias fuerzas independentistas abiertamente decididas a romper su unidad y a un dirigente socialista débil, cobarde, ávido de poder y enfermizamente narcisista, cuya respuesta a ese desafío es ofrecer un «diálogo» extramuros de la Carta Magna y aceptar lo inaceptable con tal de salvar su poltrona.

-¿Indultará a los cabecillas del golpe catalán acusados de rebelión por el Tribunal Supremo, en caso de que sean condenados?

-¿Privará al pueblo español de la soberanía que le pertenece de forma exclusiva e indivisible, consintiendo la celebración en el País Vasco o Cataluña de algún tipo de consulta referida al futuro político de esas regiones?

-¿Seguirá alentando la salida de asesinos terroristas por la puerta trasera del sistema judicial?

Si en algo coinciden los candidatos de PP y Ciudadanos es en su defensa cerrada de la España constitucional, por lo que no deberían mostrar fisura alguna en la tarea de forzar al socialista a poner sus cartas boca arriba. Si calla, como hizo María Jesús Montero ante Álvarez de Toledo y Arrimadas, estará confirmando las peores sospechas y nadie podrá quejarse de haber ido a votar a ciegas.

Si niega, tendrán que empujarle a hacerlo de tal manera que después no pueda volverse atrás. Y si miente, que es lo más probable, la mentira quedará registrada en la videoteca y en la memoria colectiva con vistas a futuras citas electorales.

No es que nuestra ciudadanía sea muy exigente con la palabra de sus políticos, acostumbrados a utilizar el embuste como herramienta habitual en su tarea, pero hasta nosotros tenemos un límite en lo que estamos dispuestos a tragar y un «dije digo donde digo Diego» le saldría muy caro al PSOE en las autonómicas y municipales de mayo.

Esta noche pasan a un segundo plano las propuestas sociales, la economía y hasta los impuestos, por mucho que duelan. El líder de un Podemos muy menguado, Pablo Iglesias, carece de otro interés que el de calibrar su grado de sumisión al «hermano Zumosol».

En ausencia de Vox, que habría sido el mejor asidero de Sánchez para escudarse en la manida «derecha trifachita» (o «trifálica», según la definición de la ministra Dolores Delgado), los protagonistas indiscutidos del debate son Casado, Rivera y España. Confiemos en que ni uno ni otro le fallen a ella.

Isabel San sebastián ( ABC )