SÁNCHEZ NO SABE, NO CONTESTA

La gesticulación y los marcadores más notorios del lenguaje no verbal delataron a Pedro Sánchez desde el primer minuto del debate electoral de anteanoche. Entró tenso y salió tenso. Esperaba, y así había preparado el debate con sus colaboradores, un ataque metódico y común de los otros cuatro candidatos, y había mecanizado las respuestas previsibles a cada embestida con la pretensión de ser visibilizado como una víctima cuasi-indefensa que generase una empatía en el telespectador y el votante.

Era el candidato que más tenía que perder, sencillamente porque era el que más había ganado: la presidencia del Gobierno en una moción de censura y un triunfo raquítico en las elecciones de abril. Pero era el candidato institucional, el candidato a batir, el presidente en funciones… y los demás meros aspirantes sin opciones.

Sánchez tenía instrucciones de no arriesgar su patrimonio presidencial. No cometer excesos ni caer en trampas dialécticas. Someterse al guión de «hombre de Estado» que le habían diseñado. Pero Sánchez no lo interpretó bien y su estrategia se fue al traste. Desde el primer momento derivó preguntas concretas de sus rivales -«¿Cataluña es una nación?»- hacia la nada.

Anduvo titubeante, incurrió cuando alguna réplica no le interesaba en el desasosegante «no sabe, no contesta», y se limitó a culpar a los demás de haberle hurtado la posibilidad de gobernar, como si fuese un derecho innato con apenas 123 escaños. Durante el debate, Sánchez fue acelerando la sucesión de gestos duros, apretaba la mandíbula marcando el rostro, forzaba las sonrisas y las convertía en irónicas hasta cerrar las cejas sobre sus ojos y ensimismarse en sus papeles para evitar el barro.

Sánchez se convirtió en el candidato huidizo y siempre dio la impresión de no creer en absoluto la previsión del CIS de alcanzar hasta 150 escaños. Más aún, desde el primer instante transmitía un poso de inseguridad con la convocatoria de elecciones, un exceso de confianza que podría atribuirle incluso menos escaños de los logrados en abril, y la sensación de que cometió un error al negarse a gobernar con Unidas Podemos.

Por momentos, su gesticulación denotaba un tono de desdén y desprecio por sus rivales. Se dirigían a él indistintamente, sobre todo Pablo Iglesias o Pablo Casado, y ni siquiera los miraba. Garabateaba palabras en sus papeles, como si estuviese pergeñando la respuesta definitiva que les acallase. Pero nunca la dio.

Era un tic huidizo, un ejercicio de simulación con el que transmitió inseguridad, incomodidad, falta de empatía -no se encontró a gusto en ningún momento- y displicencia. A Sánchez le sobraba el debate porque cree tener asegurado el triunfo y porque está seguro de que nadie forzará nuevas elecciones. Acudió al plató sin ganas de debatir, sin ganas de responder, sin ganas de ganar, y como si se tratase de una obligación para que nadie pudiera acusarle de cobardía o falta de arrojo.

Se mostró imbuido de una cierta superioridad moral frente al resto y erró. Teatralizaba una concentración que no tenía, y se limitó de modo genérico a no cerrar puertas. Ni a Ciudadanos, ni al bloque separatista… Ni siquiera a Podemos y al eterno «gobierno de progreso» conjunto.

Pero sí irradió una falta de química personal casi cainita hacia Pablo Iglesias, al que prácticamente deseó una pronta jubilación política. Ambos son aparatosamente incompatibles y no parece factible que coincidan en el mismo gobierno de coalición. Ninguno de los dos dormiría…

Manuel Marín ( ABC )

viñeta de Linda Galmor