SÁNCHEZ PASA EL RODILLO AL PSOE

La confección de las listas electorales del PSOE ha sido la coartada perfecta para el ajuste de cuentas que tenía pendiente Pedro Sánchez con los sectores críticos de su partido. Andalucía es el escenario donde Sánchez ha recreado de manera fiel su venganza personal.

Ni un dirigente asociado a Susana Díaz ha sobrevivido a la purga de Ferraz, de la que la expresidenta andaluza «ha tomado nota», lo que tanto puede significar un aplazamiento de su reacción como un síntoma de su impotencia. Sánchez arriesga con esta apuesta personalista porque el votante socialista puede resentirse de nuevo en Andalucía de las disensiones internas y refugiarse en la abstención.

Que Susana Díaz haya perdido en el Comité Federal no significa que sea irrelevante en las agrupaciones andaluzas del PSOE-A. Basta un tibio apoyo a Sánchez de cara al 28-A para que los susanistas reciban el mensaje. Peor de lo que está el socialismo andaluz, después de la derrota en las autonómicas, no va a estar, y los partidarios de Susana Díaz no van a mejorar porque gane Pedro Sánchez.

El secretario general, sin embargo, no está para estos cálculos. Su objetivo es desmantelar el PSOE que le echó de Ferraz para permitir la investidura de Mariano Rajoy. Su estrategia pasa por desmantelar ese PSOE, pero para sustituirlo no por otro nuevo, sino por una dirección caudillista que esté ejerciendo ya a golpe de real decreto-ley, como en el Gobierno, sin necesidad de convalidación por los militantes de su partido.

Susana Díaz era la adversaria personal de Sánchez, pero también la imagen de un PSOE que aún se resistía a la falta de escrúpulos que mostró su secretario general a la hora de negociar con el separatismo catalán. Sánchez ya no lidera el PSOE, porque el PSOE como partido con personalidad propia, trayectoria histórica e ideología reconocible ha dado paso a un movimiento de adhesiones en torno a un dirigente implacable que sólo tiene como objetivo el poder por el poder, como un fin en sí mismo.

Despojado de cualquier identidad externa y previa que pudiera contener los autoritarismos de su secretario general, el PSOE es un gabinete personal de Sánchez, quien recuperó su poder a lomos de una democracia interna que es lo primero que ha fulminado para garantizarse el vasallaje.

A cambio, Sánchez ofrece a la izquierda radical -de ese Podemos a la baja- crispación, revisionismo, revancha y populismo. El alumno aventajado de Rodríguez Zapatero ya ha superado a su maestro y acepta sin pestañear que su continuidad en La Moncloa vuelva a depender del separatismo y del extremismo de izquierda. Le sobran los críticos y le sobra su propio partido.

ABC

viñeta de Linda Galmor