SÁNCHEZ, RETRATADO POR SUS SOCIOS

A pocos días de las cuartas elecciones generales en cuatro años, el panorama político aparece más abierto que nunca en los pronósticos y con posibilidades relativas de articular mayorías de desbloqueo que permitan que el país regularice su situación y afronte al fin una legislatura cuatrianual en condiciones de emprender las reformas que el país necesita frente al complicadísimo horizonte que se vislumbra.

Pedro Sánchez se ha autoerigido con eufórica antelación en el ganador de los comicios del 10-N, y por tanto en el elegido para conformar ese bloque que desenrede el nudo gordiano. Lo cierto es que su discurso es de lo más errático por ecléctico para no espantar votos de los que no andará sobrado, según la inquietante –para Ferraz– deriva demoscópica de los estudios de intención de voto más recientes.

Son llamamientos a izquierda y derecha con el propósito de que tras el paso por las urnas nadie se convierta en un obstáculo a prorrogar su estancia en La Moncloa, bien sea con el apoyo de sus socios preferentes de la moción de censura o con la abstención técnica de PP y Ciudadanos.

De nuevo, todo gratis. Aunque está por ver que el escenario postelectoral sea el hegemónico que los adivinos gubernamentales prevén, sí es un hecho que Pedro Sánchez tiene aliados con los que mantiene acuerdos de gobierno en comunidades autónomas, ayuntamientos y diputaciones. Con todos ellos ha establecido vínculos y sintonías que se urdieron para perpetrar la maniobra parlamentaria que acabó con Mariano Rajoy y que se han prolongado hasta el presente.

El presidente del Gobierno en funciones ha sumado sus votos y su proyecto a EH Bildu, ERC, los partidos de Puigdemont o los independentistas baleares en distintos ámbitos y circunstancias. Recordar ahora cómo se ha blanqueado a Otegi y a las siglas proetarras desde la mesa del Consejo de Ministros es un baldón contra el que el propio Sánchez no ha movido un dedo siempre motivado por su tacticismo endémico.

El caso es que el Gobierno y el PSOE pueden mañana compartir manifestación con las fuerzas constitucionalistas en Barcelona mientras se jactan de mantener acuerdos con las fuerzas secesionistas que urdieron el golpe y alentaron la violencia. Una vela a Dios y otra al Diablo sólo evidencia una moralidad vacía en línea con que el fin justifica los medios, en este caso, los pactos.

Desde ayer tendrá más complicado si cabe pavonearse como la única fuerza capaz de hablar con todos. Buena parte de sus coaligados nacionalistas catalanes, vascos, gallegos, baleares y valencianos firmaron un manifiesto, denominado «Declaración de la Lonja del Mar», que básicamente retrata a España como una tiranía liberticida y violadora de los derechos humanos que subyuga a esos territorios y sus ciudadanos bajo el control de las estructuras franquistas.

Obviamente, exigen un acuerdo para Cataluña, el derecho de autodeterminación y la liberación de los «presos políticos», es decir, de los hoy ya sí políticos delincuentes. Por supuesto, nada mejor se podía esperar de un colectivo que tiene entre sus padrinos a terroristas como Otegi o a fuerzas que, de una forma u otra, legitiman los actos de fuerza como instrumentos para acabar con la democracia.

Sí debemos exigir y esperar del presidente del Gobierno en funciones que rompa toda conexión con gentes que pretenden dinamitar a una de las 19 democracias plenas del mundo desde una institucionalidad y una legitimidad que el PSOE les brinda con sus proyectos compartidos. Entre el mal y el bien no existen equidistancias ni tercerismos. No es aceptable el mal menor ni cualquier otra expresión de relativismo hediondo.

El Estado de Derecho no puede blanquear conductas desleales y perniciosas para los españoles y sus derechos. Sánchez está obligado a desmarcarse de quien quiere destrozar el marco constitucional. Sería su primer gran servicio a la nación. Nunca es tarde.

La Razón