SÁNCHEZ SE CRUZA DE ACERA

Esta es la contradicción mayor del mundo. Cuando hoy acaben las consultas del Rey con los líderes de los partidos que obtuvieron representación parlamentaria el 10-N, Don Felipe VI no tendrá más remedio que encargar formar Gobierno al que lo está deseandito (y ninguneando al Monarca), a Sánchez, como la lista más votada.

Y se dará el caso más curioso que en mi vida he visto. La investidura del señalado por Don Felipe dependerá de unos señores que no han aparecido en estas consultas por La Moncloa, aun debiendo haberlo hecho, y le han hecho ese indigno desplante al Rey, como suelen.

Me refiero a ERC, claro. ¿Cómo es posible que el futuro del Gobierno del Reino de España dependa de unos señores que no se dignan acudir a la consulta del Rey por autoproclamarse republicanos? Pues es posible.

Es posible, aparte de «que se fastidie el coronel, que yo no como rancho», por lo que afirma el verso de un bolero de Machín: «Lo que pudo haber sido y no fue». Ay, lo tranquilos que estaríamos en este sobresaltado Adviento de la Navidad si Sánchez hubiera renunciado a aferrarse al poder pactando con la ultraizquierda y con los independentistas de toda laña, y le hubiera descolgado el teléfono a Casado, que nunca se le puso al aparato, y hablado con Ciudadanos, y hubiese conseguido, en lugar del apoyo de la ultraizquierda más radical y del separatismo más peligroso, la «abstención patriótica» de PP y Cs.

Lo que digo es lo que hubiera deseado y sigue queriendo una inmensa mayoría de españoles: dejarnos de la aventura de sabe Dios dónde nos va a llevar toda esta locura del egocentrismo de Sánchez y aferrarnos a cuanto comenzó a destruir Zapatero, cual fue la concordia nacional y la estabilidad política basadas en la Constitución de 1978.

Aquí no sólo se ha desenterrado a las dos Españas, sino que, si Dios no lo remedia, vamos a padecer a un presidente que se ha cambiado de bando y cruzado de acera. Aparte de las dos resucitadas Españas de siempre, tenemos ahora otras dos: la que defiende la Constitución de 1978, y la que quiere subvertir los pilares del Estado que sustenta.

Son como dos orillas: en la una, los constitucionalistas; en la otra, los que buscan cualquier fórmula que vaya contra lo que hasta ahora entendíamos por España, su unidad y su Monarquía Parlamentaria. No sé si a nado o en catamarán como Greta, Sánchez se ha cruzado de orilla y se ha cambiado de acera y de bando, y se ha puesto del lado de los que están contra la Constitución.

Con el falso pretexto de la estabilidad y del progreso. ¿Qué mayor estabilidad tendríamos que un Gobierno de Sánchez, sí, pero apoyado en los asuntos fundamentales del Estado, entre otros la unidad de España y la oposición frontal y tenaz al independentismo, por los otros partidos constitucionalistas?

Y aquí me entra la duda: ¿están Sánchez y su nuevo PSOE con la Constitución o contra ella, como sus parece que futuros socios ultraizquierdistas e independentistas? En este punto es como gallego: no sabemos si sube o si baja. Es más: no sabemos si este Sánchez es el mismo de antes de elecciones o es otro señor distinto que lo suplanta, como un especialista de los que sustituyen a los actores en las escenas de riesgo de las películas.

Aquel Sánchez que decía que perdería el sueño si tenía que gobernar con Podemos, ¿dónde está? ¿Existió realmente antes? ¿O fue, como tantas cosas de estos días, como tantos paripés de las negociaciones en curso, un puro teatro?

Sé que Fernando VII tiene mala prensa y nunca estuvo de moda. Pero qué tranquilidad nos daría a todos si Sánchez, en vez de ir con tan malas compañías, hubiera llamado al PP y a Cs y les hubiera dicho la frase del Deseado: «Marchemos todos juntos y yo el primero por la senda de la Constitución».

Antonio Burgos ( ABC )