SÁNCHEZ SE ENROCA EN SU PROPAGANDA

Nadie esperaba, y hubiera sido insólito, la menor autocrítica del presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, a la hora de pasar revista a sus meses al frente del Ejecutivo, pero de ahí al relato triunfal, absolutamente fuera de la realidad, con el que cerró el último Consejo de Ministros hay un largo trecho, que, sin embargo, la insistencia de los periodistas no consiguió acortar.

No sólo España es otra gracias a su labor, sino que este Gabinete, a su juicio, «ha hecho más en siete meses que el anterior Gobierno en siete años». Como ya hemos señalado, contrastaba el tono triunfalista de Sánchez con las reiteradas preguntas sobre las dificultades que está encontrando su Gobierno para aprobar los Presupuestos del próximo año y las posibles fechas del adelanto electoral, que, naturalmente, no fueron respondidas, salvo para reafirmar la intención de agotar la legislatura, que parece ser lo único que de verdad cuenta en el ánimo del presidente.

Mientras tenía lugar esta comparecencia, las distintas instituciones económicas hacían públicos sus últimos informes del año, mucho menos triunfales sobre la marcha del país, por supuesto, de lo que pretende hacernos creer el inquilino de La Moncloa.

Así, el incremento del PIB de tercer trimestre ha sido el más bajo de los últimos cuatro años, la balanza de pagos por cuenta corriente se ha deteriorado en un 71 por ciento, la deuda pública ha superado, por primera vez en nuestra historia, el billón de euros, hasta suponer el 98 por ciento del PIB, y el mercado bursátil va a cerrar el ejercicio con una caída del 15 por ciento, provocada en buena parte por el temor a un incremento de la inestabilidad política en 2019, cuando, además, ya no operen en la economía las medidas presupuestarias y las previsiones que dejó el anterior Gobierno del Partido Popular, como es el caso del incremento de la pensiones, que pese a la apropiación de la subida que hizo Pedro Sánchez, ya estaba incluida en los Presupuestos aprobados en abril.

El panorama, pues, es mucho menos lucido de lo que pinta La Moncloa y, por supuesto, amenaza con obscurecerse cuando entran en la ecuación otros factores de carácter político. La crisis catalana, por supuesto, pero, también, la propia fragilidad interna del partido del Gobierno, sacudido por la pérdida de su bastión andaluz y por la resistencia de una parte de sus dirigentes a mantener las políticas de acercamiento a los nacionalismos excluyentes, con el abandono de la formación de José María Múgica, como episodio más reciente.

Todo ello no recibió más comentario por parte del presidente del Gobierno que un escueto «creo que no hay ningún elemento para la polémica», como si la renuncia de uno de los referentes del socialismo vasco en la lucha contra el terrorismo y por la libertad careciera de la menor importancia.

Al contrario, Sánchez insinuó que podría mantenerse en el poder más allá de la legislatura con sus actuales apoyos separatistas, pese a declarar, como no podía ser de otra forma, que cualquier diálogo debía ajustarse al marco constitucional.

En definitiva, el jefe del Gobierno mantiene su vocación de permanecer y no está dispuesto a convocar nuevas elecciones, incluso si se ve obligado a prorrogar los Presupuesto y seguir tirando del expediente de los decretos.

Esta evasión de la realidad política y social que vive España, donde ha surgido con fuerza un partido que refleja en sus votantes, entre otras cuestiones, el fuerte rechazo de los españoles a la política de apaciguamiento con los separatismos, es potencialmente muy peligrosa si, como parece, se intensifica el deterioro de la situación económica que registran todos los indicadores.

En definitiva, la mejor salida posible es que los ciudadanos sean llamados a las urnas y decidan con su voto qué realidad viven.

La Razón