SÁNCHEZ SE QUEDA SOLO, ABOCADO AL ADELANTO ELECTORAL

En marzo, cuando resultaba impensable que una moción de censura pudiera llevar en volandas a La Moncloa a Pedro Sánchez, éste, sin saberlo, se anudó una soga al cuello. Negociaban entonces los populares los Presupuestos, pero la tensión política por la aplicación del 155 en Cataluña amagaba con dejarles sin apoyos para sacarlos adelante.

En ese contexto ventajista, el líder socialista exigió a Rajoy a que, si las cuentas no salían adelante, se sometiera a una moción de confianza o convocara de inmediato elecciones. Sánchez defendía que su antagonista no podía seguir un solo día más en el poder sin respaldo del Congreso y sin el principal instrumento para la gobernabilidad, que son los Presupuestos del Estado.

Cuánto se acordaría ayer de sus palabras el actual presidente al ver cómo sus poco fiables socios parlamentarios le dejaban en la estacada, mucho antes de lo esperable. Entretenido con el anuncio, legítimo, de Pablo Casado de vetar la senda de estabilidad en el Senado, donde el PP tiene mayoría absoluta, el Gobierno ni se olía que sus muletas -Podemos y los nacionalistas catalanes- estaban orquestando la traición. Sánchez bien podría espetarle a Pablo Iglesias lo mismo que dijo Julio César:”Bruto, ¿tú también?”,

Pues sí, también. Casi todos los partidos que respaldaron, junto al PSOE, la moción para descabalgar a Rajoy se abstuvieron ayer en la votación decisiva sobre la senda de estabilidad económica, lo que deja mortalmente herida la legislatura. Ya no cabe hablar de la debilidad del Gobierno, una obviedad desde el primer día por más que, con gestos grandilocuentes, Sánchez pareciera actuar como si tuviera mayoría absoluta.

Lo que ayer se materializó es más grave: la gobernabilidad en las actuales circunstancias es inviable. El Ejecutivo ya está en tiempo de descuento. Y aunque aún tiene mecanismos para prolongar más o menos la agonía, la paradoja es que el PSOE podría empezar a pagar en forma de pérdida de apoyo electoral su manifiesta incapacidad en beneficio de los demás partidos que se frotan las manos con el rápido desgaste y la bajada del efecto suflégubernamental.

La portavoz Celaá no pudo disimular ayer la desilusión por el abandono de sus socios. Aun así, desde Moncloa se insiste en que aún es pronto para tirar la toalla. Una vez tumbada en el Congreso la senda de estabilidad, se abre un plazo de un mes para que el Ejecutivo pueda presentar una nueva propuesta.

Pero estaría igualmente abocada al fracaso, porque en el Senado el PP la volvería a rechazar y, además, en la misma Cámara Baja difícilmente se puede convencer a Podemos de que dé su brazo a torcer cuando reclaman elevar el techo de gasto en 15.000 millones, muy lejos de los 6.000 tumbados. La exigencia de Iglesias, lejos de todo realismo, impediría cumplir con los objetivos de déficit o deuda, y no sería aceptada en Bruselas.

El Gobierno también podría elaborar unos Presupuestos ateniéndose a la senda de estabilidad en vigor, la última aprobada por Montoro, algo bastante kafkiano y que obligaría al Gobierno a desdecirse de todo su discurso y a ejecutar importantes recortes. De igual modo, prorrogar las cuentas actuales, confeccionadas por el PP, restaría toda credibilidad a los socialistas. Por todo ello, desde ayer el país está abocado a un adelanto electoral al que Sánchez se resistía confundiendo deseos con la tozuda realidad, que es la que es.

El Mundo