SÁNCHEZ SE RINDE A BILDU

Cuánto asco sentí el pasado jueves al presenciar la vomitona protagonizada por un tal Julen Arzuaga en la cámara autonómica vasca. A gritos, con la violencia inherente a su condición de heredero del brazo político de ETA, ese energúmeno escupió a placer su odio contra la Guardia Civil y la Policía, que en defensa de nuestras libertades han enterrado a más de quinientos compañeros alevosamente asesinados por los pistoleros etarras.

Los denominó «lobby asqueroso», «genocidas», «nazis» y otras lindezas semejantes, tanto más infames cuanto decisiva ha sido la actuación de esos dos cuerpos en la lucha contra el terrorismo. Y es que probablemente ese fuese el motivo de su ira: la certeza de que, sin el trabajo ejemplar de esos agentes, sus colegas del tiro en la nuca habrían llegado a imponer su tiranía sanguinaria y consagrado a EH/Bildu como el amo del país, sin tener que contemporizar ni siquiera con el PNV.

Arzuaga estaba henchido de la soberbia que nace de la victoria. El Parlamento que ensucia con su presencia se disponía a votar una ley eufemísticamente bautizada como «de abusos policiales», que en la práctica equipara a las víctimas del terrorismo con sus verdugos.

Una ley aprobada con el respaldo explícito del PSOE y la oposición insuficiente aunque honrosa de PP y UPyD, que constituye una vergüenza para la memoria histórica, la decencia, la verdad y la democracia. Una ley casi idéntica a la ya vigente en Navarra, humillante no solo para los policías, los guardias civiles y las personas directamente afectadas por la lacra terrorista, sino para cualquier español bien nacido.

No es de extrañar que Otegui, condenado por secuestro y pertenencia a banda armada, se muestre exultante, presumiendo de condicionar la política nacional. Puede hacerlo. El «sí» de sus representantes en el Congreso ha sido crucial para sacar adelante los últimos decretazos «sociales» con los que el presidente trata de sumar papeletas el próximo 28-O, y es probable que vuelva a serlo en una eventual investidura.

Sánchez no hace ascos a nadie. Ni a populistas, ni a golpistas, ni a separatistas declarados, ni siquiera a terroristas convictos. De modo que si es menester suplicar el apoyo del cabecilla etarra y pagarle un oneroso tributo, lo hará, como acaba de demostrar rindiendo a sus pies el honor de nuestras fuerzas de seguridad.

Si en la política española de los últimos años hubiese existido dignidad, si nuestros gobernantes se hubieran atrevido a aplicar la Ley de Partidos, Eh-Bildu sería a día de hoy ilegal. Porque el objetivo de esa ley es «garantizar el funcionamiento del sistema democrático y las libertades esenciales de los ciudadanos, impidiendo que un partido político pueda atentar contra ese régimen democrático de libertades, justificar el racismo y la xenofobia o apoyar políticamente la violencia y las actividades de bandas terroristas».

¿Y qué otra cosa han hecho los bildutarras sino rentabilizar en las urnas el terror, el éxodo y la muerte causados por una banda cuyos crímenes jamás han condenado? «Se entenderá que en un partido político concurren las circunstancias para ser ilegalizado cuando brinde apoyo político expreso o tácito al terrorismo, legitimando las acciones terroristas para la consecución de fines políticos o exculpando y minimizando su significado y la violación de derechos fundamentales que comporta». O sea, el retrato de Bildu. Desde aquí pido a PP, Ciudadanos y Vox el compromiso expreso de instar a la Fiscalía a actuar contra esa aberración democrática.

Isabel San Sebastián ( ABC )