SÁNCHEZ SEGÚN LENIN

En 2016, durante la investidura de Rajoy, Iglesias advirtió de la agonía del «régimen del 78» -expresión peyorativa con la que se refiere a la democracia española-. Anunció su final. En su excitante discurso dio la bienvenida a la «nueva sociedad» -noción que emplea Lenin en El Estado y la revolución– que él representa. Reivindicó, como hacía desde que irrumpió en las teles, la «dignidad soberana de nuestro país respecto de poderes extranjeros».

La sumisión a Merkel como causa de muchos males de España es una constante de su perorata premoderna. Sin embargo, hace unos días cambió de idea. Propuso a Sánchez, como contó Ana Cabanillas en El Independiente, saltarse al Parlamento si Europa daba el visto bueno a las cuentas.

Para Iglesias, las instituciones son un estorbo. Igual que su palabra anterior. Iglesias no quiere que le crean sino que le sigan. Y Sánchez lo hace resuelto, con el aplomo que da la farruca osadía. Iglesias tiene más lecturas que Sánchez. De hecho, hay quien sospecha con malicia que Sánchez no leyó ni aquello que le escribieron. Iglesias ha leído a Lenin, que llama «mercachifles» a los socialdemócratas.

Estos «socialchovinistas» tergiversan el espíritu revolucionario y no se atreven a romper la máquina del Estado. Para Sánchez, según Lenin, el Estado es un botín; los socialchovinistas no se plantean «ninguna reforma seria», aplazan la convocatoria de elecciones «¡Hasta el final de la Guerra! Pero para el reparto (…) de puestecitos (…) no se dio largas ni se esperó a la Asamblea Constituyente».

Lenin mantiene que durante la fastidiosa cohabitación «los señores ministros socialistas engañan a los ingenuos aldeanos con frases y con resoluciones. En el Gobierno se desarrolla un rigodón permanente» para cebar a paniaguados y distraer al personal. Mientras, el buen revolucionario ejerce, por un lado, para abolir el parlamentarismo, que mientras sucumbe debe ser una «corporación de trabajo, legislativa y ejecutiva a la vez». Por eso Iglesias cocomanda y a la vez hace como que advierte a Sánchez.

Por otro, se afana en «destruir aquel poder del Estado que pretendía ser la encarnación» de su unidad. La tarea, dice Marx, consiste en amputar al Estado «los órganos puramente represivos» de su poder. Iglesias subraya que son la Corona y la independencia de la Justicia: todo para los territorios contra el Estado. Lenin presume de conocer a Sánchez desde 1918: fascinado por el poder, entre revolución y elecciones escogerá, suavemente, aun sin querer, la extinción del Estado.

Javier Redondo ( El Mundo )