El Gobierno ha hecho de la improvisación su manera de actuar. Y la improvisación lleva a la incertidumbre, ya que los ciudadanos perciben que el Ejecutivo va siempre por detrás de la pandemia.

También ahora, ya que el presidente Sánchez ha decidido interrumpir sus vacaciones sólo cuando han saltado todas las alarmas y se ha hecho evidente que estamos ante una posible segunda ola de la crisis sanitaria.

Incluso el muy poco fiable Fernando Simón ha reconocido que existen varios brotes incontrolados en el país, lo que lleva semanas pasando factura a la actividad turística, que se mantiene bajo mínimos por la incapacidad del Gobierno para generar confianza internacional.

A punto de acabar el verano, los contagios se multiplican, aumentan los ingresos hospitalarios y en las UCIs y algunos jueces han empezado a poner problemas para aplicar las medidas de prevención acordadas entre el Gobierno y las CCAA.

Pero la situación más alarmante se presenta ante la incierta vuelta a clase. ¿Cómo es posible que, a las puertas de septiembre, no se haya establecido un marco común sobre el que las comunidades puedan trabajar para asistir al colegio con las máximas condiciones de seguridad posibles?

Esta desidia del Gobierno sólo se entiende desde la errónea y sibilina concepción de pensar que al que no toma medidas no se le pueden exigir responsabilidades. Sánchez descarga así su deber en el ciudadano y en unas autonomías que, como se ha visto esta semana, cuentan con un margen de actuación limitado.

La situación es tan extrema que miles de familias se están agrupando para pedir que puedan educar a sus hijos en casa. Entendiendo las razones de los padres, la flexibilidad educativa no puede dar pie a este absentismo. Ir al colegio no solo es una obligación social y moral, sino legal.

Está en juego la preparación académica de toda una generación, por eso el resto de Europa está actuando. Alemania ha empezado las clases, Italia habilitará más espacios docentes, en Portugal el curso arrancará de manera presencial y ya hay previsto un plan b híbrido.

Mientras, en España, la ministra de Educación continúa de vacaciones.

En su regreso al trabajo, Sánchez debería, además, pronunciarse sobre las graves acusaciones de corrupción contra su vicepresidente y hacer una explícita e inequívoca defensa del Rey Juan Carlos I.

El Mundo