Es sabido que Pedro Sánchez le ha cogido la idea a Pablo Iglesias y siempre que puede elude referirse a Don Felipe como el Rey y prefiere utilizar el término «jefe del Estado», pues ha de sonarle como más republicanote y acorde con el registro que debe utilizar un progresista de los pies a la cabeza, como sin duda se tiene a sí mismo el «gran estadista» del barrio de Tetuán.

Ayer fue un paso más allá y cuando fue preguntado por el paradero de Don Juan Carlos, Sánchez no solo se quitó de enmedio en la respuesta (lo que no supone ninguna novedad pues es uno de sus recursos políticos preferidos) sino que se refirió al viejo Monarca como «el afectado».

Ni «Rey emérito» ni «Juan Carlos I» ni «Don Juan Carlos», ni siquiera «el padre del Rey», «el afectado», que resulta que es el mismo al que el Gobierno, con una presión de mil pares de pascales, ha echado de la que ha sido su casa desde hace más de medio siglo. Es innecesario que le dedique más desprecios.

Fue triste escuchar a Sánchez referirse así a un Rey de España con cuarenta años en el trono y unos servicios formidables a los españoles en el terreno de la libertad, ese «más preciado don que a los hombres dieron los cielos».

Por contra, tuvo Sánchez ayer especial cuidado en proteger a Iglesias después de que un juez haya llamado a declarar como imputados a la «flor y nata» de las finanzas de Podemos, en un proceso penal en el que se investiga una caja tan en B como el dinero que Echenique pagaba a su empleado, al que además tenía sin Seguridad Social. Y puede que haya más. Monedero calienta.

Lo de Don Juan Carlos le parecían hace una semana a Sánchez «noticias perturbadoras e inquietantes»; lo de Podemos en cambio no le suscita perturbación ni inquietud alguna y solo le despierta «plena confianza en la Justicia».

La misma justicia que su socio de Gobierno está poniendo ahora de hoja perejil intentando tapar los presuntos triles podemitas aludiendo a fantasmagóricos contubernios mediáticos-judiciales (ole la pirueta) «para hacer naufragar la nave podemita».

No existen tales contubernios, entre otras cosas porque a ese hundimiento de la marca morada se dedica con eficacia y denuedo el propio Iglesias. Él solito se basta. Veremos cómo sale del maratón judicial que le espera este otoño.

Resulta curioso que cuanto mejor le va a él (chalé con guardia multitudinaria, vicepresidencia, escolta, coche oficial, Falcon si se tercia e Irene de ministra) peor le va a su partido, que ese sí que está afectado.

Álvaro Martínez ( ABC )