El PSOE reunió ayer a su Comité Federal, que es el órgano máximo del partido entre Congresos, como un trámite para avalar mansamente las decisiones de Pedro Sánchez sobre los indultos a los condenados por el 1-O y su política de negociación con los separatistas. No se esperaba otra cosa de los dirigentes socialistas, a quienes Pedro Sánchez ha convertido en un coro silente.

Hoy, el PSOE es un gabinete personal de Pedro Sánchez a las órdenes de Iván Redondo. Tras su discurso tópico sobre el reencuentro y la concordia con quienes no quieren una cosa ni otra -los independentistas catalanes-, Sánchez comprobó, ya a puerta cerrada, que su partido no existe como organización política representativa. Este era el objetivo del presidente del Gobierno y lo ha conseguido, anulando una capacidad de crítica que el PSOE había procurado mantener en los grandes asuntos.

La cuestión territorial siempre ha sido un tema de debate y discusión entre los socialistas, en el que salían a relucir sus dos almas, la más jacobina y la más federalista, plasmadas en documentos que tendían a un cierto equilibrio, al menos teórico. Luego, las acciones concretas de gobierno con Rodríguez Zapatero y Sánchez decantaron la posición socialista con planteamientos en los que no hay rastro siquiera de federalismo, sino una impronta hegemónica de soberanismo.

La aportación real del PSOE a la cuestión territorial en España desde 2003 ha consistido en un debilitamiento de la unidad constitucional de España y un reforzamiento de las tesis más separatistas del nacionalismo, porque el PSOE nunca ha alentado a los nacionalismos más moderados -asociados a un ideario conservador-, sino a los más extremistas, de sesgo izquierdista.

Que ante unos indultos escandalosos, unas cesiones sectarias al separatismo sedicioso, unos ataques sin precedentes a las instituciones del Estado de derecho, no haya en el seno del PSOE un mínimo estímulo a alzar la voz para mantener con cierta dignidad su supuesta condición de izquierda constitucional española, es la prueba de la decadencia de este partido.

El caudillismo de Sánchez ha transformado el PSOE en un séquito personal amalgamado por el interés superior de conservar el poder y aislar a la derecha democrática y constitucional con el apoyo de los defensores de ETA y de los separatistas más reaccionarios de Europa.

Y ese silencio de los dirigentes socialistas supuestamente identificados con los valores igualitarios y republicanos del PSOE -es decir, las antípodas de las señas de identidad del nacionalismo nostálgico del Antiguo Régimen-, es un silencio cómplice. Callar ante el desmantelamiento de los principios básicos de la Constitución no es objeción de conciencia, sino humillación. A Sánchez no le importa la adhesión de su partido; solo le importa que no moleste.

Suele decirse que España necesita un PSOE fuerte. Quizá esta afirmación sea fruto de confundir los deseos de los buenos ciudadanos con la realidad de un partido que se ha desnaturalizado. Y la experiencia de otros países demuestra que no es tan necesaria la existencia de una socialdemocracia fuerte cuando aparecen alternativas de centro izquierda o de otras tendencias, como el ecologismo, capaces de cubrir el espacio abandonado por los socialismos tradicionales.

Coaliciones de gobierno entre conservadores y verdes, como en Austria o en algún ‘lander’ alemán, demuestra cuánto están cambiando algunos pautas políticas que se daban por incuestionables. Quizá España empiece a ser uno de esos países que liquida la socialdemocracia por hacerse innecesaria o, como sucede en nuestras, hacerse perjudicial para los intereses nacionales.

ABC

viñeta de Linda Galmor