Seis meses estuvo Pedro Sánchez sin reunirse con el jefe de la oposición y más de tres llevaba incluso sin hablar con él por teléfono hasta que, finalmente, le recibió en La Moncloa el pasado día 3. Ayer, el vicepresidente segundo del Gobierno se reunió no con uno sino con dos de los cabecillas de Bildu en el Congreso, de donde Iglesias salió contentísimo porque los proetarras le aseguraron que si de ellos dependen él y Sánchez agotarán la legislatura.

La «fiesta», claro, la paga España… Y por si no fuera suficiente, la vicepresidenta primera volverá a reunirse la semana que viene con Bildu, cuya portavoz en el Congreso ya ha mantenido contactos telefónicos con el propio Sánchez, al menos según reveló Otegui, hinchado el exsecuestrador como un pavo en el cortejo ante tanta efusividad y trato preferente por parte del Ejecutivo. «Ya van viniendo, ya van viniendo…», pensará.

Recapitulemos: a Casado, cada seis meses; a los proetarras, cada semana y se habla con ellos por teléfono cuando sea necesario, línea directa con La Moncloa. Esta insólita anormalidad debe formar parte de la «nueva normalidad» que nos anunció en una de aquellas peroratas televisadas.

Resulta que los herederos políticos de una banda de asesinos forman parte principalísima del mantenimiento de Pedro y Pablo en La Moncloa. Son su sostén junto con los separatistas de ERC, que también fueron ayer lisonjeados (al parecer con éxito) por Iglesias.

La entrega a semejantes socios, con los intereses de España de por medio, resulta un disparate político y una traición al sentido común y al espíritu de la unidad nacional. Regodearse además de esa alianza, al condolerse «profundamente» por la muerte de un terrorista, como hizo Sánchez en el Senado, es simplemente repugnante.

Fue por este indigno pésame por el que ayer policías y guardias civiles se manifestaron ante el Congreso para recordar al presidente del Gobierno que las víctimas son ellos, que quienes se dejaron el pellejo en esa lucha fueron ellos, no los que hacían todo lo posible por matarlos.

ETA asesinó a 206 guardias civiles, 149 policías, un gendarme, 13 ertzainas, un mosso, 24 policías municipales y diez jueces y magistrados.

Ellos eran los encargados de detener a los terroristas y de juzgar sus crímenes. Por eso los mataban. Es muy sencillo de entender, casi de Barrio Sésamo: están los buenos y están los malos. Pues Sánchez parece que no lo tiene claro.

O lo que es peor, ya ha elegido bando.

Álvaro Martínez ( ABC )

viñeta de Linda Galmor