SAPOS

Cuando el PP, Ciudadanos y Vox pactaron en Andalucía sellaron sin saberlo su suerte adversa en las elecciones generales que han confirmado a Sánchez en la Presidencia. Y no sólo porque el Gobierno utilizó el acuerdo para agrandar el fantasma de la ultraderecha sino porque los tres partidos perdieron algo tan esencial como la capacidad de sorpresa. Además, tanto los dirigentes como sus electores, quizá esos últimos sobre todo, cometieron pecado de soberbia al descontar la siguiente victoria como cosa hecha.

Aquella alianza era imprescindible para acabar con una hegemonía socialista de tres décadas y media, y esa necesidad se acabó imponiendo por encima de las mutuas reticencias, pero constituía un espejismo respecto a las posibilidades reales de trasponerla a la nación entera. El factor de cohesión fue, al final, la ansiedad y el miedo por desperdiciar la ocasión histórica de abrir una etapa nueva; la demanda social de cambio se impuso a cualquier reflexión sobre las secuelas de una fractura atropelladamente recompuesta.

A tenor de ese precedente, y desde una perspectiva estratégica, lo mejor que le podría ocurrir a Pablo Casado sería que en Madrid terminase gobernando la izquierda: que el desacuerdo y la animadversión entre Vox y Cs entregaran el poder a Gabilondo y/o a Carmena. A corto plazo significaría una catástrofe; a largo, la oportunidad cierta de reunificar bajo su liderazgo al centro-derecha.

Muy pocos votantes de ese sector perdonarían la pérdida de las instituciones madrileñas por culpa de dos formaciones incapaces de superar sus prejuicios y querellas. Ese tipo de fracasos es de los que marcan para mucho tiempo, de los que dejan en la memoria del electorado una larga, casi imborrable huella.

Y habida cuenta de que sólo el PP tiene interlocución posible, aunque por separado, con ambos partidos, y de que es el principal beneficiario de la suma de fuerzas, su responsabilidad objetiva quedaría a salvo de cualquier contingencia. Sería el único adulto en el patio de una escuela. Cualquier jugador de ajedrez principiante conoce la importancia de sacrificar de vez en cuando alguna pieza.

No habrá caso porque que el triple pacto acabará, como en Andalucía, fraguando. Más tarde o más temprano, con mayor o menos esfuerzo, con contrapartidas grandes o pequeñas y engullendo muchos o pocos sapos, Abascal y Rivera entenderán que no pueden asumir la culpa de un fiasco de ese tamaño.

Si no encuentran el modo de asociarse, aunque sea a través de intermediarios y con recíproca cara de asco, sus respectivos proyectos estarán acabados y el PP se reconstruirá apoderándose de su espacio. No le harán a Casado, o a quien lo suceda, ese regalo. Cuando se presentaron a las elecciones ya contaban con este previsible escenario. Y en el último minuto entenderán que no es Madrid sino su propio futuro, el de ellos, lo que bien vale un mal trago.

Ignacio Camacho ( ABC )