SE APAGAN LAS ESTRELLAS

En aquellos momentos del veneno y la daga, decían los consejeros del príncipe que hay que callar definitivamente al enemigo para que no vuelva a ser activo, como el fuego o la víbora: hay que aniquilarlo para no temer su venganza.

Ahora no hace falta aniquilarlos, se les derriba en las elecciones. He ahí Susana Díaz. Intentan devorar a la reina del sur y del Ibex, la delfina de la socialdemocracia, aunque ha ganado las elecciones a cuatro partidos que intentarán formar un Gobierno en lo que fue su fortín.

Chapu Apaolaza señala las tres paradojas de su acabamiento: «Siendo la ganadora de las elecciones, las ha perdido; su líder es su peor enemigo; el que la quiere cesar por su derrota es el culpable de su derrota». Se repite el caso Soraya, víctima de una vil conspiración de ministros y barones: también perdió después de haber ganado, un gallego la hizo y un gallego la deshizo.

Observen ustedes cómo la inestabilidad y la crisis devoran a los políticos. Han pasado de salir en los telediarios, a las colas del supermercado, que no del paro, porque siguen cobrando del Estado una larga temporada. Además de afrontar los ceses, los cesantes tienen que someterse a los escraches de las redes. El poder se ha difuminado en el momento en el que internet es una asamblea infinita y la opinión no está ya en los sacerdotes de la importancia, sino en la gente. Esa gran asamblea hace juicios sumarísimos a los políticos y los calcina.

No hay nada que guste tanto como un ministro sin cartera. Ya lo dijo Alain, el filósofo francés: «Un político derribado es el espectáculo más bonito para mi gusto. Se dice que las nuevas generaciones serán difíciles de gobernar. Así lo espero». Así ha sido. La gente no se deja gobernar. La democracia plebiscitaria y electrónica desprecia a quienes ejercen el poder y calcinan en unas horas a políticos de postín.

El procés ha sido una trituradora. La moción de censura aniquiló en unas horas a una remesa y a varias quintas de políticos de la derecha. Las elecciones andaluzas han apagado la estrella Susana Díaz. Son almas en pena estos políticos que hace unos meses brillaban. Nunca como ahora la política ha devorado a sus hijos.

Las nuevas formas de comunicación actúan como siglas improvisadas. Los resultados electorales inesperados y catastróficos noquean a los partidos. Los gobiernos perecían por incompetencia y corrupción, pero nunca tan pronto como ahora. El populismo, en toda Europa, ha llegado a la conclusión de que el poder y los partidos son el mal. No es la primera vez que ocurre.

Raúl del Pozo ( El Mundo )