SE JUEGA EL FALCON

España se juega mucho en la «Dominica in Albis», el domingo siguiente al de Pascua de Resurrección, el 28 de abril electoral dichoso y ya famoso. Así pueden quedar muchos partidos: «in albis». Y muchas esperanzas de recuperar lo que entendemos por España: «in albis».

Pero de lo que se juegue España en ese día parece que a quien nos ha convocado a las urnas, a Pedro Sánchez, le trae sin cuidado. Sánchez es de los de primero él, después él y luego él. Y se juega no solamente el poder, sino lo que ha convertido en su signo. Antes el símbolo del poder era una vara de mando, un bastón con puño de plata.

Ahora el símbolo del poder, en el que Sánchez se pasó casi nueve meses sin cumplir su promesa de convocar elecciones, es otro. Es el Falcon 900B.

Tener un avión privado, pero que no es privado, sino público, dispuesto las 24 horas para cuando te quieras dar un paseíto por la muralla real o llevar a «aquí mi señora» a un concierto de rock. O para ir a Valladolid, ciudad con la que nos conecta, y quizá en menos tiempo que el Falcon, un Ave maravilloso que te planta allí en un periquete.

Usted, como yo, habrá recibido por WhatsApp esa foto de Sánchez con sus gafas de sol sentado en la poltrona del Falcon simbólico de su poder, con un pie con toda la guasa del mundo: «La legislatura se le ha pasado volando».

Como en el cante de Camarón: «Volando voy,/ volando vengo,/ por el camino/ yo me entretengo»… en presidir de vez en cuando un Consejo de Ministros. Y de Ministras, que se me olvidaba. Y eso, justamente eso, es lo que se juega Sánchez en la Dominica in Albis.

No si tiene que pactar con los separatistas catalanes y los bilduetarras que quieren romper la constitucional unidad nacional que le recordaban las banderas rojigualdas de Colón que le pedían lo que al final ha tenido que hacer: elecciones.

No se juega si tiene que pactar con Ciudadanos, partido que lo mismo sirve para un roto de apoyar a Susana Díaz en la Junta de Andalucía que para un descosido de desalojarla y gobernar con el PP y con los votos de investidura de Vox.

Me pongo «en los zapatos» de Sánchez, como dicen los americanos, y comprendo que el hombre haya convocado las elecciones cuando más favorables le aparecían en las tezanerías, que son una cosa muy distinta de las encuestas de Michavila. Tiene que ser comodísimo eso del Falcon.

Nunca he volado en avión privado, pero debe de ser una gozada poder emprender tu vuelo a la hora que te convenga, sin hacer cola en el mostrador de la compañía para sacar la tarjeta de embarque y para facturar. Y sin pasar el control de seguridad y que te quiten el bote de champú.

Sin arrastrar tu maleta de ruedas por los cada vez más largos pasillos aeroportuarios, sin saber, además, si te la dejarán llevar en cabina o la meterán en bodega. Y si te la dejan, tener que pulsearla hasta un departamento superior, empujando bolsas y chaquetones para hacerle sitio. Sánchez se juega en el 28-A el signo del poder del Falcon o la maldición bíblica de tener que ir por Ryanair.

Como seguramente conoce lo de Ryanair, por eso se aferra al poder. Me pongo en su piel y comprendo que le tenga horror a tener que sacar otra vez el billete por internet y acudir al aeropuerto al menos 90 minutos antes. Y al ir sacar la tarjeta de embarque, tener que pagar 50 euros por no haberla impreso por internet.

Y la larga caminata sin «finger» hasta el avión, bajo el solazo o helándote, y que no te admitan la maleta de ruedas porque no sacaste «priority». Y luego estar sentado con las rodillas encogidas en la fila 29. Y aguantar a la azafata que vende boletos para la rifa.

Y hasta pagar por un botellín de agua que pidas. Sánchez no es que quiera ganar las elecciones: es que no está dispuesto a volver más a Ryanair. Aunque nosotros tengamos que aguantar a un presidente no precisamente «low cost», sino bastante «high cost».

Antonio Burgos ( ABC )

viñeta de Agustín Muro