SEAMOS UNA SOCIEDAD POR ENCIMA DE LA POLÍTICA

Esta crisis es una prueba, en toda regla, para cualquiera. A nivel personal, como familia, vecindario, sociedad, como España y como Unión Europea. Y en cada uno de esos niveles surge lo mejor y lo peor.

Los últimos episodios acaecidos en el sur de Italia deberían encender todas las alarmas. El inicio de la crónica del maestro Ángel Gómez Fuentes es brutal: la emergencia sanitaria se convierte, como se temía, en emergencia social en el sur de Italia. Se temen fuertes protestas sociales y se han iniciado los primeros saqueos… Desde el sur emerge un grito de alarma del que se hacen eco los alcaldes y los servicios de información italianos que advierten al Gobierno: «La gente tiene hambre».

Las señales son muchas y dramáticas. Un padre y su hija muerden una rebanada de pan con Nutella; él, en tono amenazador, se dirige al primer ministro Conte y al alcalde de Palermo: «Si mi hija no puede comer un trozo de pan asaltaremos los supermercados».

Esta crisis se está escapando de entre las manos de todo el mundo. Y digo yo que saldremos, pero también haríamos bien en pensar en el día después. Porque los más débiles saldrán más debilitados y los más ansiosos (ojo a los populismos) se vendrán arriba.

A la crisis sanitaria le acompaña una crisis económica inexorable. Pero no peor que la de hace unos años. De aquella salimos y de esta saldremos. La clave está en que salgamos como mejor gente. Necesitamos que cada individuo, cada familia, cada vecindario y España entera sigamos por encima de nuestra política: sin saltarnos el confinamiento (no como ellos), sin mentir, con ética y con Valores (así, con mayúsculas). Y con una solidaridad infinita.

Mira, si no, hacia el sur de Italia. Ojalá el puto coronavirus no nos haga seguir su estela, en eso también. Porque no me querría ver yo en el lugar del padre de esa niña con una rebanada de pan.

PD: Mi homenaje a los uniformes: batas blancas y pijamas verdes, policías, militares y guardias civiles, Protección Civil, Cruz Roja, bomberos. No nos olvidemos de esos uniformes menospreciados: el barrendero y los servicios de limpieza, las cajeras y el reponedor del supermercado, el delantal… O el peto del repartidor y el del transportista. El uniforme del piloto, la azafata y el conductor. Y esas cuidadoras de ancianos o discapacitados… Y las sotanas, los hábitos y el «clergyman». Más necesarios que nunca.

Ángel Expósito ( ABC )