SEGUNDA CARTA DE JARDIEL PONCELA A COLAU Y CARMENA

Ilustrísimas alcaldesas:

Aquí estoy de nuevo dándole a la tecla, que, salvo las mujeres, es lo que más me gustó cuando vivía allí abajo.

Vamos hoy con el asunto del golpismo, eso que tanto os gusta sacar a relucir cuando se trata de aquellos a los que llamáis fascistas de 1936 y de lo que os olvidáis cuando sus protagonistas son los socialistas de 1934 o los separatistas de 2018. Porque hay un detalle muy curioso que los izquierdistas nunca habéis explicado: ¿por qué, si la República había venido por sufragio –o sea, por la voluntad del país–, se la boicoteaba y atacaba constantemente, sobre todo por parte de los que más habían contribuido a proclamarla?

Pues hasta la Guardia de Asalto, la policía creada por la República, llegó a estar rebasada, y no por las derechas, ciertamente, que no podían ni mover un dedo, sino por las izquierdas que ya no querían república, como en el fondo no la habían querido nunca, y contra cuyos principales ataques tuvo esa República que dictar una ley especial –que se llamó Ley de Defensa de la República–, cuya lectura deberían practicar un rato todas las tardes los señores de la ONU para que supiesen lo que es canela y las libertades y la democracia que les concedía a los españoles el régimen legal que abatió el general Franco.

En nombre de la libertad de prensa, las izquierdas perseguían a los pocos diarios que no eran gubernamentales y los arruinaban a multas y a suspensiones. Ejerciendo sobre sus contrincantes todas las limitaciones posibles a la libertad, la República concedió, en cambio, a sus correligionarios cuantas licencias y libertades pueden existir en el mundo. La prensa no marxista dejó prácticamente de existir, mientras que la marxista llamaba a sus huestes al combate, anunciándolo próximo.

El resultado de semejante desigualdad de trato, propio sólo de un sistema de gobierno tiránico, pronto dio sus peores frutos y los partidos agitadores y los agitadores particulares comenzaron a campar por sus respetos, con la consecuencia de propagandas subversivas de todo género, huelgas parciales y generales, bombas y petardos en calles y edificios, sabotajes a ferrocarriles, fábricas, saltos de agua, centrales eléctricas, atentados personales, atracos en ciudades y carreteras, asaltos a bancos, robos a mano armada, etc.

En el último año del régimen antes del estallido de la guerra se encarcelaba a las derechas por redadas, que, sólo en Madrid, eran de 250 a 300 personas diarias. Ateneos libertarios y comités repartían consignas atroces, y hasta las organizaciones comunistas infantiles (los llamados pioneros) tuvieron señalada su misión futura. Se confeccionaron listas con los nombres de las personas que había que matar en el primer momento; y otras con los nombres de aquellos a quienes había que matar en segunda vuelta. Se repartían en los centros de izquierdas instrucciones de ataque enseñando el mejor manejo de todo instrumento ofensivo: desde la dinamita hasta la hoja de afeitar dispuesta en un mango, “instrumento propio para atacar a la víctima cuando ya está en el suelo” (textual, pues yo leí esas instrucciones). Y todo esto con la aprobación y el estímulo del Gobierno, del que era presidente Santiago Casares Quiroga.

Se hablaba franca y descaradamente de hacer la Revolución Roja en plazo breve. “¡Esta vez va a ser un 34 largo!”, se oía en bares y tabernas, dicho a gritos, aludiendo a que se iban a repetir, aumentados, los sucesos de 1934. ¿Sabéis que el Movimiento de Franco se adelantó a una revolución comunista, planeada y decidida para octubre de 1936? Seguro que no. Y, sin embargo, en la España de aquellos días se sabía: era ya valor convenido. En junio de 1936 la situación era insostenible. Decir “¡Viva España!” era ya en junio un grito subversivo que significaba la cárcel inmediata. Pero “¡Muera España!” estaba admitido y se decía. También se decía por todas partes “¡Viva Rusia!” y “¡Rusia sí, España no!”. Y cuando llegó el 18 de julio, fue el delirio en propaganda comunista, porque consideraban la guerra ganada en diez o doce días y ya no disimulaban su verdadero objetivo, que era la sovietización de España y la muerte de todo ser humano que no se sometiese a esa tiranía.

Vayamos ahora con ese pueril esquema de “democracia contra fascismo” en el que los izquierdistas os obcecáis desde hace casi un siglo. Pero, antes de explicaros mi opinión, estoy seguro de que, como buenas republicanas que sois, os gustará conocer lo que escribió al respecto Clara Campoamor, aquella eminente republicana que tuvo que huir del Madrid republicano para nunca poder regresar a España tras la victoria del otro bando:

La división, tan sencilla como falaz, hecha por el gobierno entre fascistas y demócratas, para estimular al pueblo, no se corresponde con la verdad. La heterogénea composición de los grupos que constituyen cada uno de los bandos demuestra que hay al menos tantos elementos liberales entre los alzados como antidemócratas en el bando gubernamental.

Efectivamente, hacia el año 34 y siguientes ya no se habló de derechas ni de izquierdas, pues surgieron dos palabras que las sustituyeron. Y así las izquierdas se llamaron a sí mismas “marxistas”, aunque nadie había leído a Marx. Pero no hacía falta haber leído a Carlos Marx. Tampoco las masas marxistas tenían por qué saber qué era el marxismo; bastaba con serlo. Y a las derechas se las llamó “fascistas”, también sin necesidad de que nadie supiese cuál era el ideario del fascismo: bastaba con saber –o con creer– que fascista era la concreción y el resumen de toda la perversidad y la vileza capaces de albergarse en pecho humano, y con eso ya se tenía la clave de la historia política contemporánea del mundo, a saber: la eterna lucha entre el Bien y el Mal; y el Mal, intrínseco y sin mezcla alguna de Bien, era el fascismo; y el Bien, intrínseco y sin mezcla alguna de Mal, era el marxismo.

La cosa no podía ser ni más infantil, ni más idiota, ni más rudimentaria, ni más inverosímil ni más imposible de aceptar para cualquiera que tuviera dos dedos de frente y un mínimo de experiencia de la vida. Pero era infantil y rudimentaria, y toda idea infantil y rudimentaria entra como una barrena en el cerebro de las masas y allí se queda para siempre. Tendremos, pues, concepto antitético de marxismo-bien y fascismo-mal para tantos años, y quizá para tantos siglos, como hemos tenido concepto antitético de Dios-bien y Demonio-mal.

Entonces había que decir: soy un fanático de izquierdas, soy un marxista. Y al que no decía eso el fanatismo de izquierdas le consideraba automáticamente como un fascista asqueroso, como un enemigo repugnante contra el cual todo era lícito y justo; desde la muerte en adelante. Y a mí no me dio la gana de decir aquello. Entonces el señor y el señorito eran fascistas por el solo hecho de ser señorito y señor; y eran acreedores a la muerte. Luego iban a serlo sólo por llevar corbata o por usar el bigote recortado. Pues a todo eso se llegó. Y ésta es también la verdad.

“¡La libertad de todos proclamo en alta voz! ¡Y muera quien no piense igual que pienso yo!“. Estos malos versos de un cantable de zarzuela encierran más doctrina política de izquierdas en España que todos los volúmenes que se han escrito, desde Adán y Eva, acerca de tal tema. Porque es claro, preciso, indiscutible e innegable que el fanatismo de nuestras izquierdas es mucho peor y mucho más feroz que el otro fanatismo y que todos los fanatismos.

Abandono aquí la tecla y regreso al arpa, ilustrísimas alcaldesas, convencido de que todo lo expuesto os ha entrado por una oreja y salido por la otra. Pues compruebo desesperanzado que, en mis días igual que hoy, el fanatizado de izquierdas es inmutable, cerril e inconvencible. Vosotras acabáis de demostrarlo una vez más.

Un beso de vuestro Enrique y hasta la vista, si Dios quiere.

Libertad Digital