Pero el odio contra el hombre blanco y contra el padre se encuadra en algo más amplio, precisamente en una guerra sin cuartel contra la masculinidad. Este aspecto será desarrollado con más profundidad en mi libro de próxima aparición Crónicas de la tiranía feminista.

La hostilidad contra el varón y la masculinidad en general es impresionante, omnipresente bajo múltiples formas y la tenemos todos los días ante nuestros ojos. Menosprecio de la paternidad y denigración de la figura del padre. Persecución legal y judicial contra el varón.

Destrucción de la identidad masculina con el fomento de modelos débiles y domesticados de hombre llamados nuevas masculinidades. Manipulación de las mentes y falsificación de la historia para introducir en los hombres un complejo de culpa eterno. Voluntad de erradicar los espacios masculinos, precisamente por su importancia en la formación del carácter del varón.

Lavado de cerebro continuo a través de la publicidad, los productos basura de la industria del entretenimiento y estudios seudocientíficos; todo ello, lejos de tener intenciones solamente comerciales, económicas o académicas, parece siempre animado por una idea muy concreta: socavar en los hombres el sentido del propio valor y de su lugar en el mundo.

Se trata de un auténtico martillo pilón que machaca las mentes a todas horas y por todas partes, un ataque convergente contra el hombre a nivel económico, psicológico, cultural.

Ello se refleja de una manera muy concreta en la sociedad y en las relaciones personales: por una parte en una generación de varones psicológicamente aplastados que no han conseguido expulsar de su cabeza toda esta basura feminista; por otra en la creciente arrogancia y prepotencia de muchas mujeres hacia los hombres, jaleadas y azuzadas por los mensajes que transmite continuamente todo el ambiente que respiramos.

Una situación que, inevitablemente, no sólo envenena las relaciones entre los sexos sino que, antes o después va a provocar, por reacción, una gran cantidad de rencor y resentimiento contra las mujeres a menos que este mecanismo infernal sea desactivado.

Además de la fractura social que ello supone, los efectos devastadores en la formación de las familias y la natalidad que están hundiendo la demografía de los europeos autóctonos. Gran parte de esta crisis se debe al odio contra la masculinidad que promueve la criminal secta feminista, auténtica lacra de la humanidad y de Occidente en particular.

Pero esto pertenece ya a otra de las líneas de necrosis.

Max Romano ( El Correo de España )