Señor, si bien sabemos que es imposible pensar en el más allá, siempre determinado por las circunstancias, es de todo punto evidente que las señales no auguran nada bueno. La deriva a la que este Gobierno conduce a España, no a otro sitio que al suicido como nación, y nación civilizada, exige tomar medidas, y de modo urgente.  Urgente, Señor, porque una cosa es mantenerse y otra muy distinta estar.

Señor, no hablamos de problemas coyunturales devenidos, o que hayan surgido, ni de la situación ciertamente complicada que está causando la pandemia del Covid-19. No, no hablemos de eso. Nos referimos a problemas estructurales de gravísimo calado (quiebra de la unidad de España, invasión migratoria, clima de enfrentamiento ideológico) que vienen arrastrándose desde el Gobierno socialista de José Luis Rodríguez Zapatero, y que hoy, como ofensivas de confrontación toman cuerpo y son alentados por el propio Gobierno de España, apoyado por rufianes y terroristas.

Señor, el peligro es evidente. Así pues, ante esta complejísima y gravísima situación que ningún país europeo soporta, y que a buen seguro no estaría dispuesto a soportar, es necesario afrontarla con todas las consecuencias, suscitando una amplia concertación en la sociedad.

Y para empezar ahí tenemos el Manifiesto del Ejército, al que ha seguido el de la Real Academia de la Lengua en defensa del castellano como lengua oficial de España. Manifiestos, Señor, que comparte la mayoría de la sociedad española, harta de tanta deriva.

Señor, Franco consideró que la Monarquía como forma de Estado era, por encimas de otras consideraciones de gran calado histórico y cultural, lo que más le convenía a España. Y esa misma consideración sigue siendo la opinión, percepción y manifestación de la mayoría de los españoles.

Ahora bien, la Monarquía por su particularidad, más que cualquier otra forma de Estado, necesita de la efectividad real, que no meramente aparente. El Rey, Señor, necesita ponerse al frente de la nación y ser su corazón, su voz y su brazo. De lo contrario, la Monarquía no sirve para otra cosa, que para que unas personas vivan del resto de sus compatriotas a cuerpo de rey.

Y otra cosa, Señor, no sea un mal hijo, haga todo lo que convenga hacer para regularizar la situación de su padre, pero tráigale. Sería grave y un error imperdonable que muriese en el exilio. Señor, ¿acaso es peor su padre, el  rey Emérito, que el “camarada Peláez”, el padre de Pablo Manuel Iglesias?

Pablo Gasco dela Rocha ( El Correo de España )