Señores académicos, es la guerra.

Las palabras, nuestras palabras,  no están escritas en el aire ni se las lleva el viento porque permanecen en nuestra memoria colectiva, en los libros de nuestros mayores, en el alma de los poetas, en el andar de los viejos caminantes, en las voces de nuestros pueblos, en los cantares de quienes trovaban y hasta en la espada de los que lucharon por defender nuestras tierras o quitárselas al infiel, siglos ha.

Si existe algo por lo que merece la pena luchar, mantener y no enmendar, es por la conservación de ese patrimonio que nos identifica como pueblo, nos enriquece como nación y nos convierte en millonarios de sonidos, sensaciones, músicas habladas y entendimiento universal.  Porque  el español no es un dialecto en construcción ni un invento fallido como el esperanto, sino un caudal de sabiduría, historia, y experiencia que desborda los cientos de miles y miles  de libros escritos en castellano, en casi todos los rincones del mundo conocido.

Yo no espero de algunos ignorantes que pueblan escaños, tribunas mediáticas o carrozas de feria que estén de acuerdo con lo que escribo en estas líneas, que no sé muy bien si me salen del corazón o de otra víscera emocional, pero si desearía que como cada palo debe aguantar su vela, se pongan mano a la obra los señores académicos de la lengua española.

Vivimos una situación de emergencia y los que deben defendernos del peligro que nos acecha a veces parece que practican una excedencia de sus funciones, sin haberla solicitado, o guardan un miedoso silencio para no sufrir el escrache mediático de los más estúpidos de su pueblo.

Me escapo de exageraciones y odio las demasías pero no soporto la impasividad frente al acoso a nuestra lengua que ejercen los ignorantes y los oportunistas. Por eso les pido a los académicos que defienda la letra de su sillón, aunque sea minúscula, que no por eso es menos importante ni les reviste de una autoridad inferior.

Pongan pie en pared, honren a sus antepasados y no toleren que los políticos sean los que fijen, limpien y den esplendor al castellano, primero porque no saben, segundo  porque no quieren y, en tercer y principal lugar,  porque el idioma es un asunto demasiado importante para dejarlo en sus manos.

Les ruego que no permitan que macarras mal hablados, políticos oportunistas, feministas enloquecidas y a maricones  histéricos con nombres propios y una tribuna diaria en la televisión para deconstruir un idioma demasiado hermoso, asalten sus sillones. 

Tampoco se lo permitan a locutores ágrafos o escritores lanzados a la fama como un producto de márketing que acaban siendo prescriptores de usos y costumbres,  porque en el precio de su éxito está la dictadura de la corrección política que les imponen.

No dejen   que lo más preciado de nuestra  cultura, que es el  castellano, quede en manos en de gente que  no tiene criterio porque les basta lo que diga el lumpen idiomático.

Señores académicos, es la guerra, no se rindan, gánenla, sean valientes, porque los otros solo son osados.

Diego Armario