SER O SENTIR

Cuenta uno de los periodistas catalanes que mejor conoce a Carlos Puigdemont que cuando viajaba de Barcelona a Madrid en vez de utilizar el Puente aéreo compraba un billete de una compañía extranjera con destino a cualquier país europeo que hacia escala en la capital de España y así tenía la sensación de provenir de otro país. La operación le salía algo más cara aunque es muy probable que el sobrecoste lo pagase el Ayuntamiento.

Siempre he sostenido que los sentimientos constituyen una de las parcelas de la intimidad de las personas en las que nadie más puede interferir y por lo tanto no deben ser objeto de discusión, a menos que amparándose en esos sentimientos alguien falte el respeto a quien no piensa como él, pero salvo esa excepción resulta inútil juzgar a los demás por lo que creen que son y solo nos queda opinar de sus actos.

Esta reflexión inicial me la ha inspirado la respuesta que el lendakari Jñigo Urkullu le ha dado a un periodista que se ha empeñado en que los vascos se declaren españoles  aunque no se sientan como tales. La discusión tiene dos facetas: la jurídica y la emocional y por eso el jefe del gobierno vasco fue preciso y correcto al responderle: “Yo no me siento español, Me siento vasco”, afirmación que no es incompatible con que en su carné de identidad o su pasaporte  ponga otra cosa.

Sin embargo este asunto da para mucho más aunque finalmente el silogismo  nos lleve siempre a la misma conclusión.

Hay gente que afirma que no son personas sino cosas, cobardes que dicen que son  valientes, tontos esféricos que se creen ocurrentes, políticos con currículo de asesinos que piensan que son hombres de paz, machistas que bajo el pretexto de que querer proteger a su débil compañera conservan durante cerca de un año una tarjeta de memoria que ella creía que le habían robado, políticos ladrones  que  se proclaman inocentes pero acabarán entrando en la cárcel, mentirosos compulsivos que en cada rueda de prensa o entrevista con el masajeador de turno se doctoran en una nueva falsedad.

Todos ellos y ellas dicen esas mentiras porque en el fondo sienten que son verdades, y siguiendo la lógica del argumento inicial habría que amnistiarles por falta de malicia en su intencionalidad,  pero me temo que no es posible porque el código penal no contempla que la ignorancia o la  estupidez sean eximentes.

Diego Armario