El sueño imposible de un anciano en Ucrania tiene que ver con una imagen que solo existe en su memoria imperfecta, pero él insiste en recordarlo porque le gustaría poder caminar por una calle que ya no está, mientras evita pisar los cascotes de la casa en la que sus nietos vivían hasta hace unas semanas, y contarles un cuento sin que el ulular de las sirenas anunciando un nuevo bombardeo soliviante a los perros.

A veces pienso que en el ADN de los seres humanos habita el gen de un criminal y por eso no deberíamos echan en el saco roto del desprecio los casos que vienen a nuestra memoria cada vez que un asesino mata a un semejante sin importarle su edad o cualquier otra condición que le convierte en más débil.

La guerra es un tiempo de impunidad consentida que deshumaniza hasta a los espectadores que desde la trinchera de la distancia se permiten condenar a los muertos y tildar de héroes a sus verdugos, mientras ven el telediario en un bar entre cervezas y cocochas.

No existe nada más peligroso que un inconsciente hablador metido a comentarista de asuntos trascendentes, pero es peor aún el militante ideologizado que justifica cualquier despropósito que se lleve por delante la vida y la hacienda de un enemigo involuntario.

La imagen que estoy describiendo se hay convertido en una escena vieja y nada original para la gente que se cree bien informada. Han bastado unas cuantas horas de programas monográficos con la presencia imprescindible de especialistas en la asepsia de la muerte como efecto secundario de un conflicto, para que se acepte como si fuese verdad, que las bombas solo están destrozando los edificios o que apenas mueren los muertos de atrezo que nos enseñan en los informativos, porque una vez más la aritmética despersonaliza a las víctimas y las convierten en una estadística salvo para sus familiares.

Me resisto a consumir los sermones para una guerra de quienes profieren simplezas al por mayor gracias a que, desde hace dos años, vamos enlazando catástrofes y desgracias sanitarias, vulcanológicas, gasísticas y bélicas sin que varíen los protagonistas del mal fario.

Esta es una guerra en la que se suman casi todos los imposibles porque no es imaginable que se avergüence el ruso invasor y mucho menos que la llamada Europa de la libertad, con los Estados Unidos a la cabeza, no hayan descontado ya el coste de su traición.

Si la gente tuviese claro que esas sirenas del miedo pueden sonar cada vez más cerca, no se tomarían este debate como si fuese en asunto lejano y menor.

Diego Armario