SERRAT EN COLLIURE

El que hasta hace poco llamaban Doctor Falcon, por sus viajazos a costa de todos nosotros, le dicen ahora Doctor Lo Mónaco, por lo del colchón de La Moncloa. Y no satisfecho con hartarse de gobernar a decretazos cuando tiene a las Cortes ya disueltas y las elecciones generales convocadas, ahora hasta ha utilizado a los muertos para hacer campaña con vistas al 28 de abril. Igual que hay un turismo sanitario, Sánchez ha inventado el turismo electoral funerario, con su viaje a Colliure, Montauban y Argelés-sur-mer, con el pretexto de honrar a los que marcharon al exilio tras la victoria de los nacionales en la guerra.

Y al primer tapón, zurrapa. Se ha querido apuntar el tanto de ser el primero en rescatar en nombre de España el recuerdo de don Manuel Azaña, el que en su famoso discurso de 1938 pidió «Paz, piedad, perdón». Justamente lo contrario que han venido haciendo Zapatero y su continuador el Doctor Lo Mónaco al desenterrar el odio entre las dos Españas con la malhadada Memoria Histórica.

Con una ignorancia enciclopédica o un olvido doloso, Sánchez se ha atribuido la primacía en hacer justicia a la memoria de Azaña cuando, como recordaba ayer Francisco Vázquez en su Tercera de ABC, ya en 1978, recién restaurada la Monarquía y restablecidas las relaciones diplomáticas con México, el Rey Don Juan Carlos acudió en el Distrito Federal novohispano a visitar a la viuda de Azaña, a doña Lola Rivas Cherif, quien a su 84 años, como ha recordado Vázquez, dijo a S.M.: «Cuánto le hubiera gustado a don Manuel Azaña vivir este día, porque él quería la reconciliación de todos los españoles».

Justo lo contrario que pretende este ocasional visitante de la tumba de Montauban, en la que depositó una corona de flores que formaban la bandera de España. Y cuando vi por la TV que se acercaba a la tumba corona en mano, pensé: «Verás, verás tú como la corona lleve los colores de la bandera de la II República y no los del Reino de España». Menos mal que no.

Pero luego se fue a Colliure, como si fuera el primero que rescataba y honraba la memoria de Antonio Machado, como si aquí nadie hubiera antes recordado a aquel a quien le preguntaba su madre durante el viaje al destierro si faltaba mucho para llegar a Sevilla. Aquella Sevilla de la hora de la muerte, recordada mil veces en el alejandrino que encontraron en su gabán: «Estos días azules y este sol de la infancia».

La Sevilla en cuyo puente de Triana se conocieron sus padres, Ana Ruiz y Antonio Machado Álvarez, aquel día en que media ciudad se fue a novelerear mirando las aguas del río donde decían que habían subido los delfines.

Con el funeral viaje de Sánchez a Colliure parece como si Antonio Machado hubiera estado prohibido durante la dictadura. Cuando todos los estudiantes aficionadetes a la Literatura teníamos el volumen de su antología, publicado no por una editorial minoritaria, sino en la popularísima y muy asequible Colección Austral de Espasa-Calpe. Como podían comprarse en las librerías «Los complementarios» o el «Juan de Mairena» en la edición argentina de Losada.

A Machado se le honró durante el franquismo de la mejor forma: leyendo sus versos u oyéndolos cantados en la voz de Serrat. Pues media España aprendió de memoria y honró en plena dictadura los poemas de Antonio Machado gracias a Joan Manuel Serrat, que les puso música en una acertadísima selección.

Fue su quinto elepé y su segundo en castellano. Serrat sí que fue a Colliure con su disco «Dedicado a Antonio Machado, poeta», con el que España entera, ¡en 1969!, en plena dictadura, conoció sus poemas: del «Cantares» de la saeta, al «Llanto y coplas» de Don Guido, «aquel trueno vestido de nazareno». Así que machadianamente hay que decir a Sánchez: caminante, no hay camino para ti, hijo, ni a Montauban ni a Colliure; ese camino lo han hecho muchos antes que tú lo utilices electoreramente.

Antonio Burgos ( ABC )

viñeta de Linda Galmor