SÍ, A POR ELLOS

Sin tregua. Sin miedo. Sin perdón. El independentismo es un cáncer al que hay que derrotar para no ser derrotado. La supervivencia de la democracia se juega en un pulso que dura ya décadas.

Con el cáncer no se negocia: o se extirpa o te mata. El independentismo es así, y lo lleva siendo al menos desde la I República, con especial virulencia en la Guerra Civil: fue decisivo para que el sistema democráticos entonces vigente se desplomara, como lo fue también el populismo revolucionario para que ganara Franco.

Ese nacionalpopulismo es, pues, la enfermedad desde la noche de los tiempos, y las terapias benévolas sólo han servido para mantenerlo con vida, hacerlo medrar y provocar su metástasis, con tumores constantes en Cataluña y Euskadi y serios brotes en Navarra, Valencia y las Baleares: la historia de España desde el 78 es la de la generosidad con las identidades diversas, demostrativas de la preexistencia de una gran Nación y no de la convivencia forzada en su seno de distintas naciones; aunque a cambio la respuesta haya sido la deslealtad extrema, la estigmatización en el seno de sus sociedades autonómicas y, como clímax de esos pogromos teóricos, el golpismo catalán o el terrorismo vasco.

Ni la ignorancia más extrema explica la tolerancia que, paradójicamente, provoca en quienes antes que nadie deberían oponerse. Especialmente en una izquierda desmemoriada que, por alguna extraña razón no sólo relacionada con su incultura; malversa su propio patrimonio histórico al dudar de cómo tratar esta lacra. Lean a Azaña, a Prieto, a Negrín y a todos los viejos socialistas que, como ahora González, Guerra, Corcuera o Eligio Hernández batallan contra el totalitarismo identitario a través de la experiencia de sus predecesores.

Si los insólitos devaneos de Pedro Sánchez (de Podemos ni hablamos, básicamente este partido es el altavoz nacional del movimiento, con carmenas y colaus como versiones light del mismo fenómeno) tuvieron por feliz desenlace, en la hora de la verdad, el plausible respaldo al artículo 155; el inicio de las acciones judiciales contra los golpistas y la cercanía de las elecciones del 21D han demostrado cuán inestable es esa rotunda defensa del orden constitucional vigente.

Porque, desde el derrumbamiento en 24 horas de la célebre DUI pseudoaprobada por el Parlament catalán, en una sesión más propia de la Libertonia de la Sopa de ganso de los Hermanos Marx que de una región europea civilizada; casi todo el mensaje se ha redirigido a matizar las consecuencias legales del Golpe democrático, a temer el  inexistente carácter plebiscitario de unas elecciones simplemente autonómicas e, incluso, a discutir o atacar la conveniencia política y la solvencia jurídica de las querellas anunciadas –con un par- por el Fiscal General del Estado.

No se puede recular. No es una cuestión de venganza. Ni tampoco de fuerza. Se trata de sobrevivir como un gran país democrático que ha alcanzado ese estatus tras sufrir un convulso siglo bélico, violento a menudo, del que tenemos la obligación de haber aprendido sus dolorosas lecciones, aúllen lo que aúllen los lobos de la demagogia, la ruptura, el enfrentamiento y la pureza étnica.

Parece mentira que en esta España que ya vivió cuatro alzamientos secesionistas, una guerra civil alimentada por los revolucionarios y no sólo por los militares y un terrible horror nacionalista con los casi mil muertos de ETA; haya que perder más tiempo en explicar por qué hay que imponer la ley que por qué cualquiera puede saltársela.

Así que, claro que sí. A por ellos. Sin perdón.

Antonio R. Naranjo ( El Semanal Digital )