¿Por qué no somos sinceros de una vez? Las democracias parlamentarias basadas en los partidos políticos están fracasando en lo mas elemental: solucionar nuestro problemas reales. Dejemos ahora de hablar de la Monarquia, porque hemos llegado al punto de que un Rey —sí, un Rey— no puede hacer lo que le gusta cuando lo que le place es respetar las instituciones.

Abandonemos la altura y vayamos a la base: todo es debido al infernal juego de esas entidades llamadas partidos políticos. ¿Instrumentos al servicio de la limpieza en la participación del pueblo soberano en la conformación del Estado?

Como broma de mal gusto no está mal, pero la realidad no admite mediastintas: los partidos políticos están infectando al Estado, porque gestan y sitúan en el poder a una clase política mediocre, carente de formación, alucinada por el poder, angustiada por el dinero con el que vivirán cuando cesen en sus espléndidos cargos.

Los partidos, así confeccionados, no son un limpio canal de participación popular en el Estado sino un sucio sumidero por el que circulan —a la vista está— formas de corrupción que transitan desde lo mas burdo —robo puro y duro— a la burla del Estado de Derecho, al desprecio lacerante de la Ley y del Ordenamiento Jurídico mediante el control —¿se duda?— de algunos jueces y fiscales afectos a esos mismos partidos, sabedores de que sus carreras, ascensos y emolumentos dependen, no sólo ni preferentemente de sus capacidades técnicas, sino de su disposición a cumplir los deseos, mas o menos espurios, del poder al que se adscriben.

¿Excepciones? Claro, y muy honrosas, pero la regla es la regla. Al menos la regla de quienes más poder ejercen. La sociedad está cambiando gracias a la tecnología. El futuro es incierto, pero seguramente inevitable y para ello hay que prepararse. Algunos ya lo estamos haciendo. Pero si cambia la sociedad debe mutar en consonancia el forma de ejercicio del poder.

No es lógico ni siquiera sano, sino mas bien tóxico, seguir administrados por unos esquemas de poder que no sólo pertenecen al pasado sino a un pasado sórdido, plagado de corrupciones, de mentiras, de individuos preñados de mediocridad, de ambiciones sin límites, de códigos de valores confeccionados con merengues y envueltos en celofán.

No me cansaré de repetirlo, y lo llevo diciendo desde 1993: si queremos ser súbditos no tenemos el derecho a quejarnos. Si seguimos administrando el Estado a base de partidos políticos de semejantes características y de su derivada clase política, si la sociedad civil permanece pasiva ante la conformación del Estado, sencillamente caminamos con paso firme al mas profundo abismo social.

Mario Conde ( El Correo de España )