Cada vez que se produce un vuelco electoral los políticos damnificados jamás reconocen que sus votantes defraudados se han ido a la abstención o han apoyado a otro partido. Solo los fanáticos o masoquistas persisten en mantener su apoyo incondicional a quienes les mienten porque, para ellos, más vale la ideología que la dignidad.

Los sociólogos llaman a ese vuelco voto de castigo, que es un comportamiento que nunca asumen los profesionales del mamoneo que viven de la política y tienen vacío el baúl de sus ideas desde que tiraron por la borda lo que les quedaba de dignidad y coherencia. El análisis de lo que ha sucedido en Italia se lo dejo a los expertos, aunque cualquier osado escribirá entre hoy y mañana una tesis de 600 palabras preñada de tópicos sobre el triunfo del contradios que ha ganado las elecciones .

Para que un partido o una coalición gane unas elecciones es imprescindible que antiguos votantes de otras opciones políticas den el vuelco electoral por las promesas incumplidas, el nepotismo en favor de familiares o amiguetes o la vulneración de la ley por los gobernantes, el resultado favorece siempre a los extremos que recogen el cabreo de los damnificados.

Desde hace años vivimos un cataclismo cultural y moral que está llevando a los gobiernos a políticos sin memoria del pasado ni perspectiva de futuro y eso sucede porque andan escasos de principios morales y ahítos de ignorantes que los jalean.

Muchos de ellos en Europa y Latinoamérica, compiten por destrozar sus propios países y desestabilizar un sistema democrático que, con sus imperfecciones, ha dado estabilidad económica, política y social a sus ciudadanos desde el final de la Segunda Guerra mundial.

Después de setenta años hemos entrado en un tobogán de despropósitos y se han alterado algunos valores comúnmente aceptados hasta el extremo de que hoy cualquier tonto a las tres, ya sea un niñato gordo y sudado en el Cono Sur, un ex guerrillero colombiano más aseado, pero igual de fanático o un viejo pederasta, dirige la política de países a los que conducen lejos de la democracia. También en Europa padecemos políticos que juegan con nuestro bienestar económico o libertades y además son desleales a los principios fundacionales de la Unión Europea.

La formación escasa, la amnesia del pasado, la mentira, el odio al oponente político, o la violencia verbal como arma de oposición son las acreditaciones más valoradas por los que se sienten llamados a hacer la revolución.

Diego Armario