Quien lea mi libro reciente sobre la república reparará en el comentario dedicado, en referencia a la campaña sobre Asturias,  a la increíble capacidad de los  marxistas para fabricar calumnias y sembrar el odio acusando a otros de lo que ellos mismos hacían: incendios, asesinatos, saqueos, etc.

La causa es que para los marxistas no existen normas morales objetivas sino que, como aclara el Manifiesto comunista, la moral depende de los intereses de clases y los refleja. Por tanto, ya que los marxistas representan –porque lo dicen ellos– los intereses del proletariado, están autorizados a mentir, calumniar, incendiar o  asesinar sin tasa: los crímenes se convierten en virtudes porque con ello acercan el día de la emancipación general; y a su vez cualquier resistencia o represión de ellos se convierte en criminal.

   Puesto que, según Marx, la sociedad y su historia hasta el presente solo expresan la opresión y explotación de unos privilegiados sobre la mayoría, todos los medios que acerquen el fin de esa historia resultan automáticamente virtuosos.

Y, a la inversa, quienes se opongan a tales métodos o los critiquen se convierten en defensores de la explotación y opresión, en “reaccionarios”, “fascistas”, etc.:  lo que para los “reaccionarios” es crimen para los marxistas es justicia, y viceversa.

Importa entender la lógica del discurso, que va más allá de la eterna disputa sobre los medios y los fines, pues no se trata de unos fines parciales cualesquiera, sino definitivos, y los medios también deben serlo. Por otra parte, llegado el comunismo, la moral misma se haría innecesaria, pues el hombre alcanzaría su verdadera naturaleza, intrínsecamente bondadosa, solo distorsionada hasta entonces por un largo pasado de oprobio y falsedad religiosa al servicio de la explotación.

El atractivo del marxismo consiste en esa promesa del fin de la historia para entrar en una etapa superior en la que los hombres serían iguales, con mentalidad científica y libres de  las taras y traumas del pasado. Este discurso nunca ha sido claramente demolido, y de ahí que el economista liberal Schumpeter sospechara que el marxismo podría resurgir una y otra vez con nuevas formulaciones.

Y hoy, precisamente, presenciamos su reimpulso, mezclado con ideas liberales, en forma de feminismo, antirracismo, homosexismo y todo lo que supuestamente  pueda acabar con una larga historia guerrera y brutal, marcada por la “tiranía” del  “patriarcado”, del “hombre blanco”, del “machismo”, etc. , sin olvidar el “capitalismo” y la moral correspondiente.

 Desbaratar ese discurso no es fácil, ya digo,  porque su promesa exacerba deseos y  esperanzas histéricos y proyecta las frustraciones personales, particulares,  a una escala histórica, hasta diríamos cósmica.

La promesa del fin de la historia, es decir, de las tribulaciones del ser humano,  no proviene solo del marxismo, pues también la encontramos en cierto liberalismo.

La condensó Fukuyama en su célebre ensayo: caída la URSS, no podía haber otro futuro para la humanidad que  la expansión de la democracia liberal, en que la moral se disolvería en interés económico,  panorama poco atrayente para el mismo Fukuyama.

Y si bien pocos adoptaron por completo esas ideas, ellas fueron más o menos la base ideológica para la expansión de la OTAN, las inducidas “primaveras árabes”,  las aventuras bélicas de Afganistán, Irak y demás… Pero lo más significativo es la inesperable crisis interna de la propia democracia liberal en Usa, su país más emblemático, hasta llegar a una guerra civil larvada con fuerte corrupción de las instituciones, etc.

Lo que de ello resulte está por ver, y en España misma observamos cómo avanza el nuevo comunismo. Y otra vez la historia se burla de sus destructores, de la hibris de las aspiraciones histéricas.

Pío Moa ( ElCorreo de España )