La visita de un presidente del Gobierno de España al Vaticano debiera siempre formar parte de la normalidad y el cabal manejo de la agenda exterior del país, pues más allá de la tradición (el nuncio es el decano del Cuerpo Diplomático acreditado) el Sumo Pontífice es cabeza de un credo seguido en el mundo por 1.300 millones de personas, siendo la fe claramente mayoritaria entre los españoles.

Hablamos de un líder mundial, de un jefe de Estado y un referente moral. Por eso la entrevista, ayer, de Sánchez con el Papa Francisco debiera encajar en ese esquema de normalidad que, desgraciadamente, no casa con el trato que tantas veces cierta izquierda española dispensa a la Iglesia.

Cada campaña electoral surge en el programa de este PSOE o de las marcas más a su izquierda (fundamentalmente Podemos) la amenaza de romper, por ejemplo, los acuerdos con la Santa Sede, imbuidos sus dirigentes de ese alcanforado complejo anticlerical con el que tratan de reafirmar un laicismo torpemente entendido.

El papel de la Iglesia sobrepasa la asistencia moral a los creyentes para instalarse medularmente en la sociedad como fuente de solidaridad, educación, cultura o sanidad, para católicos y no católicos. He ahí su grandeza. En cambio, son demasiadas las veces que los gobiernos de izquierdas (y el de Sánchez no es una excepción) entran en confrontación con la Iglesia de forma gratuita y sectaria, olvidando ese encomiable papel que la institución juega en la sociedad y confundiendo la laicidad del Estado con un laicismo revanchista y estéril.

No es extraño que el Santo Padre ayer le recomendase a Sánchez huir de los extremismos ideológicos (tiene uno sentado en el Consejo de Ministros) y de las maniobras que «deconstruyen la patria» y le pidiera que mejore su relación con el episcopado español.

Si iba buscando solo una foto, Sánchez se llevó cuatro o cinco «consejos» en forma de reprimenda pasada por el aterciopelado tamiz de la diplomacia vaticana.

ABC

viñeta de Linda Galmor