La metáfora tiene su origen en el libro VI de la Eneida. «Es fácil descender a los Infiernos…», acaba de anunciar la Sibila. Pero advierte al héroe virgiliano de que eso es sólo el anticipo de la auténtica tragedia: reponerse de una caída que arraigó en la tiniebla de lo irreversible.

«Debes saber, tú, nacido de la sangre / de los dioses, troyano Anquisíada, / que es fácil la bajada al Averno: / de noche y de día está abierta la puerta del negro Dite; / pero dar marcha atrás y escapar a las auras del cielo, / ésta es la empresa, ésta la fatiga».

Hemos vivido una caída de ya más de cuatro meses. Pero caer es sencillo. Los sedantes no faltan para hacernos insensibles al dolor incluso de ese derrumbe. De esos sedantes ha hecho uso obsceno el poder vigente en España. No hay asombro en ello. Para un mando populista, todos los medios de consolidar la jefatura del líder están permitidos. ¿Mentir? Mentir es el más elemental de todos ellos.

Los de Iglesias nunca ocultaron su visión de la política como una artesanía del «relato»: porque lo que construye subjetividad -y, con ella, obediencia- no es la realidad nunca de lo que pueda haber sucedido; construye subjetividad el «mito», que es la palabra griega que dice lo que nosotros llamamos «narración», o, con el tópico acuñado por la banda de sacamuelas, «relato».

Guy Debord profetizó este triste mundo de los sinvergüenzas, en el cual las escenografías desplazarían lo real y blindarían así nuestra condición de siervos. Pero Debord anunciaba eso con horror. Los trileros de ahora lo juzgan paraíso. Para ellos.

Llega el verano, que es el tiempo ilusorio de nuestras fingidas fugas del cotidiano infierno: la promesa repetida de paraíso, cuyo cúmulo de fantasías nunca será cumplido, por supuesto, pero que permite, al menos, soñarlas. Planificar el paraíso es el único paraíso que, al fin, posee un animal de tiempo y medios tan precarios como los nuestros.

Y, al menos, en ese ensueño hacemos presentes nuestros deseos. ¿Insatisfechos? Eso carece de importancia: el deseo se proyecta siempre sobre un imposible; dibujar en nuestras mentes el plano de nuestras limitaciones, de nuestras carencias, nos da -no es poco- la fuerza de hacer rodar la ironía sobre nosotros mismos. «Soñé el paraíso y desperté bajo una sombrilla apretujada entre gordos, gordas y criaturas chillonas». La risa es siempre curativa: sobre todo la risa que proyectamos sobre nuestro espejo.

Es esa proyección fallida la que no va a tener espacio imaginario sobre el cual fingirse este verano. Todos sabíamos, al cabo de los meses de pandemia, que no habría, esta vez, verano que mereciese tal nombre. Tras escuchar al señor Simón vejar a los viajeros ingleses, belgas, franceses y alemanes -esto es, a los clientes de cuyo consumo turístico vive España-, sabemos además que no es sólo el verano lo que hemos perdido: el señor Simón -aún no destituido por las autoridades- ha condenado a muerte a la economía española a partir de este otoño.

El simpático derrumbe del negocio turístico, que tanto regocija al histriónico representante del Gobierno en cosas de pandemia, no sólo hunde el área vital de la economía española que son agencias de viaje, hoteles, bares, restaurantes…; arruina a todas las actividades que surten a ese inmenso sector. El puesto y el sueldo del señor Simón, eso sí, no se verá afectado. El de millones de españoles se verá sólo destruido.

«Es fácil descender a los infiernos». ¿Salir de allí? Si te llamas Simón, es facilísimo.

Gabriel Albiac ( ABC )

viñeta de Linda Galmor