SIN BESUQUEOS

Aseguran que el Covid ha sacado a flote lo mejor y lo peor de nuestra sociedad. Y de cada persona. Pero ha tenido algo bueno. Las normas de protección frente al virus para protegerse uno y preservar a los demás, junto a las mascarillas, al distanciamiento de los dos metros entre personas y al lavado frecuente de manos, ha hecho desaparecer de golpe una moda que vaya modita: el besuqueo a discreción, indiscriminado.

Sobre todo, a las señoras. Una señora a la que te acababan de presentar y a la que, según las perdidas viejas normas de cortesía, le ibas a besar la mano, no te dejaba. No sólo impedía que le besaras la mano como nos gusta a los del plan antiguo, sino que te acercaba a su cara y te plantaba un beso. O dos.

Las normas de precaución habrán traído muchas molestias, no lo niego; pero lo que de verdad me gusta de la anormal «nueva normalidad» es que impiden que te plante un par de besos una señora a la que no conoces de nada y que te acaban de presentar.

Y ni te cuento de las conocidas. España se había vuelto muy besucona, y las normas contra el Covid han vuelto a poner en el sitio que le correspondía al elegantísimo distanciamiento. Aquí ya no se besa a nadie, no te vaya a contagiar o le vayas tú a pegar el bichito peligroso que todo lo ha cambiado y alterado, y que nos ha traído esta ruina y este sultanato que Sánchez se ha buscado con el Estado de Alarma para hacer lo que ha querido.

Y ahora, además, en verano, con la calor, se agradece todavía más que los besos estén prohibidos. ¿Habría algo más desagradable para una señora que la besara un casi desconocido todo sudoroso, que le dejaba la cara pringada? De una sociedad que no entendía el saludo sin manoseos y besuqueos hemos pasado a este distanciamiento como británico, todo lo frío y poco efusivo que quieran, pero resolutivo:

-Daos por besados en aplicación de la normas de Sanidad.

Ni la mano se debe dar. Con lo cual nos evitamos del apretón de ese amigo tan atlético que te la presionaba tanto que te estrujaba los dedos y casi te la dejaba lesionada. Lo han sustituido por algo ridículo, como es ese saludo nuevo que se han inventado de darse el codo.

Parece como un refrán antiguo: «Le das la mano y te coge el codo». Aunque bien pensado, esto de saludarse a codazo limpio es muy simbólico. Codazos va a haber aquí para todo y muy pronto, como la crisis económica derivada del virus siga los derroteros que anuncian los que están informados y saben por dónde va a ir nuestra ruina. A codazos vamos a tener que conseguir muchas cosas, y ojalá me equivoque.

Y también ha terminado la epidemia con otra costumbre, inequívocamente americana, que se nos había colado: el saludo como de los jugadores de baloncesto de la NBA, palma de la mano contra palma de la mano, como queriendo dar un aplauso al alimón, entre dos. Y que era completamente ridículo y, desde luego, nada nuestro, ajeno a nuestras costumbres.

Ah, y que no se me olvide. Otra maravilla que han traído las normas contra la epidemia ha sido la prohibición de dar la paz en las misas. Frente a la elegante inclinación de cabeza de los que no andaban por la labor, estaban los que se lo pasaban en grande dando la paz, ¡venga a estrechar manos!

No sólo a los que estaban a su lado, sino que hasta se saltaban los bancos para dar la paz a los de dos filas más atrás, o en los asientos del otro lado del pasillo central. Ya no podrá darse aquello de la gran señora que cuando tras el Concilio Vaticano II empezó a darse la paz en las misas, a la feligresa que estaba a a su lado y que intentó darle la mano le dijo, muy digna:

-Perdone, señora, que no le dé la mano, pero me parece que no la conozco absolutamente de nada.

Antonio Burgos ( ABC )