Y SIN EMBARGO, SE MUEVE

Seamos sinceros: casi todos creíamos que Junqueras estaba dispuesto a hacer todo lo posible para salir de la cárcel. Las encuestas comenzaban a poner de manifiesto que renta más moverse entre Brujas y Gante que entre el economato del módulo de preventivos y la sala del vis a vis. Ni el victimismo carcelario enardece a los romeros del «procés» ni la evasión cobardica les encocora. De hecho, ERC cotiza a la baja y el PDeCAT, con nombre tuneado para enmascarar la mala reputación de su marca original, gana altura cada día que pasa. La continua presencia en los resúmenes informativos diarios es más eficaz que el heroico silencio entre rejas.

El problema es que Puigdemont y Junqueras habían justificado su suerte con discursos congruentes que ya no admitían demasiadas enmiendas. El primero no se había ido a Bruselas para eludir la cárcel, sino para darle a la causa independentista un altavoz internacional con que llamar la atención del mundo entero. El segundo, entretanto, había preferido ingresar en Estremera para dejar claro ante los suyos que no jugaba de farol y que asumía las consecuencias adversas de su desafío. A las duras y a las maduras. No quería pasar a la historia como el bravucón de pacotilla que se quitaba de en medio a las primeras de cambio.

Su apuesta era audaz. Pero también era una trampa para osos. Mientras Puigdemont seguía campando a sus anchas sin tener que cambiar una coma de su coartada, él se veía obligado a bajarse los pantalones ante el juez de cabo a rabo. La DUI no existió. La unilateralidad es perversa. El 155 es asumible. La Constitución es inviolable. La República puede esperar. O se tragaba esos cinco sapos sin pestañear, aunque al hacerlo quedara como Cagancho en Almagro ante los suyos, o regresaba a prisión y dejaba que su adversario, otrora cómplice de correrías independentistas, le comiera la tostada electoral de holograma en holograma.

Los más leales estaban dispuestos a cubrir con su manto la vergüenza de la indignidad. De la misma manera que Galileo tuvo que abjurar ante la Inquisición de su teoría heliocéntrica para evitar la hoguera, a su jefe -habían comenzado a decir- no le quedaba más remedio que abjurar de su adhesión a la causa de la independencia para evitar la mazmorra. «Eppur si muove». Mentir en legítima defensa no significa cambiar de credo. Una apostasía arrancada a la fuerza no tiene fuerza moral. Ese era el sendero argumental por el que yo creía que Junqueras iba a abrirse camino hacia la excarcelación menos indigna posible.

Pero me equivocaba. Al negarse a responder a las preguntas del fiscal compra muchas papeletas para seguir en la cárcel. ¿O acaso recibirá el mismo trato que a los que sí han respondido? ¿Ese silencio no tiene consecuencias? ¿Entonces, por qué no hizo lo mismo Forcadell si estaba asistida por el mismo abogado? ¿O es que Llarena piensa utilizar una vara de medir distinta a la que utilizó su colega de la Audiencia Nacional ante la misma conducta? El lunes saldremos de dudas, pero entretanto ha quedado claro que a Puigdemont y Junqueras les separa algo más que un cabreo pasajero. No son solo distintos sus discursos, también lo son sus comportamientos.

El líder del PDeCAT, al día siguiente de decir en TV3 que no renunciaba a la vía unilateral, ordenó a sus consejeros encarcelados que dijeran lo contrario en sede judicial para que les dejaran salir a la calle. La orden literal fue que dijeran lo que hiciera falta. Para él lo importante no es el mensaje -cada día dice uno distinto- sino la ocupación del espacio vacío que le ha cedido la estrategia de ERC.

Lo malo es que si a Llarena le da por no hacer distingos, un Junqueras enaltecido por su desdén al fiscal se apoderará del escenario en olor de multitud. Pincho de tortilla y caña a que en tal caso a Puigdemont se lo traga el olvido en menos de un santiamén y las encuestas vuelven a la órbita del sol.

Luis Herrero ( ABC )