Winston Churchill prometió sangre, sudor y lágrimas, pero no he encontrado ningún documento que acredite que alguna vez lloró.

En cambio los políticos de hoy hacen un esfuerzo por humanizarse y en ocasiones simulan que lloran, aunque tampoco exista certeza empírica de que esas lágrimas sean más sinceras o similares a las de un actor encima de un escenario.

No me gustan los políticos que lloran y parece que se emocionan cuando hacen largas pausas y tragan saliva mientras hablan en público para aparentar que son gente con corazón, e inician un puchero o se le quiebra la voz hasta que la clá de sus costaleros irrumpe en aplausos como gesto de ayuda a un hombre falsamente emocionado.

Existen personas de lágrima fácil y otras que se han curtido con los disgustos que les ha dado la vida y ya vienen llorados de casa, pero los que contraen los músculos de la cara como gesto previo a un desbordamiento emocional delante del público que quieren ganarse, ante la mujer que les ha abandonado o frente al puto jefe que quiere despedirles, me resultan patéticamente sospechosos.

El llanto fingido se inventó en la prehistoria del adulterio, y desde entonces ese recurso se ha utilizado en la vida, y en la literatura con más frecuencia de lo que algunos ingenuos imaginan, sin olvidarnos de la política que es el espacio de ficción más estudiado que existe.

Si no quieren hacer el ridículo o ser descubiertos como falsarios, deberían saber que la emoción en público debe reducirse a unos ojos levemente mojados, un gesto serio y un breve silencio antes de continuar hablando, porque cualquier añadido teatral se convierte en demasía y devalúa el efecto de contagio emocional que van buscando.

A nuestros políticos no se les da bien llorar, tampoco resultan creíbles y dan grima cuando emiten sonidos guturales extraños, porque no están entrenados en esa actuación teatral y necesitan que alguien les interrumpa para superar ese instante incómodo que no saben cómo acabar y por eso lo más aconsejable es que sean sinceramente falsos y no aparenten que les preocupa o angustia algo que consideran un efecto secundario de lo inevitable.

Dicen, y tal vez sea cierto, que los verdaderos líderes no pueden permitirse ningún gesto que debilite su propia imagen ante su pueblo o sus electores, y por eso no veremos llorar al Presidente de Ucrania, Volodímir Zelensky , por dignidad ni tampoco a Vladimir Putin, por indignidad.

En los países en los que no hay una guerra declarada, aunque sus dirigentes hieren o matan verbalmente a sus compatriotas, algunos deberían tomar conciencia de que la democracia se fortalece desenmascarando  a tiempo a sus peores enemigos.

Los llantos póstumos son inútiles.

Diego Armario