SIN PAÑOS CALIENTES

La tregua interna que los barones de Podemos concedieron a Pablo Iglesias tras el 28-A puede tener los días contados. Lo único que salvaba al líder morado de una dura petición de cuentas era la cita con las urnas de este domingo. A nadie le convenía exhibir una imagen de división y la fortísima debacle del PP unida a la posibilidad de que Podemos condicionara el nuevo gobierno socialista ayudaron a camuflar el batacazo.

Pero concluida la prueba con una nueva morrada, no hay razón para que los barones sigan ocultando su creciente malestar con la dirección central, ni paño caliente que pueda aplicar Iglesias para calmar el dolor de un partido que pierde prácticamente todo el poder territorial que tenía. Su baza de entrar en un gobierno de coalición con Sánchez es hoy más improbable que ayer, y menos que mañana.

Los resultados del pasado domingo impiden al líder podemita seguir escondiendo que tira hacia abajo de la marca. Las cifras son contundentes. El 28 de abril perdió un 6,8 por ciento de los votos respecto a las elecciones de 2016. Sin embargo, ninguno de los principales nombres propios del llamado «cambio» ha encajado tamaña caída.

La pérdida del poder en Barcelona y Madrid se produce con una retirada de apoyos del 0,9 por ciento para Manuela Carmena y del 4,5 por ciento para Ada Colau. Y el pasado mes de diciembre, Iglesias juraba en arameo contra Teresa Rodríguez por haber caído un 5,55 por ciento en las elecciones andaluzas. «Se le ha dejado hacer la campaña que ha querido», azuzaba en privado.

Para el líder morado, ese dato probaba que las corrientes alternativas a la dirección nacional estaban abocadas al fracaso. Hoy, sin embargo, los resultados evidencian que lo que no huele a Iglesias resiste mejor frente al crecimiento socialista. Ahí tienen también a Kichi, el alcalde de Cádiz, a un paso de la mayoría absoluta, o a Íñigo Errejón metiendo algo más que la cabeza en la Asamblea de Madrid. El chantaje del «yo o la nada» que viene utilizando el secretario general para controlar las consultas internas, se queda sin coartada.

El líder, que es plenamente consciente de la realidad, pasó la noche del domingo al lunes al teléfono hablando con los candidatos y los secretarios generales territoriales para pulsar el estado de la situación. Los humos con los que llegó al Congreso se le van bajando batacazo a batacazo y no se atrevió a salir ante las cámaras sin testar los ánimos de un partido en el que crecen las voces discordantes.

El que iba a ser adalid de la transparencia no compareció hasta ayer. Su espalda se achepaba a ratos, como si reflejara la presión que siente sobre sus hombros, y sus ojos denotaban falta de sueño. Intentó sonar creíble al insistir en que su cargo está siempre a disposición de los inscritos. Pero nos lo creeremos cuando abra el proceso de renovación que prometió si no obtenía un 15 por ciento de los votos el 28-A.

Habló de lo perjudicial que es la división interna y, por supuesto, remató con la matraca de que Pedro Sánchez debe diseñar un gobierno de coalición con Podemos. Una petición que ni él mismo parece creerse ya porque terminó admitiendo que su modesto objetivo es poner «algunos límites» a las políticas de La Moncloa. Y para eso le sirve con ser socio. Cuando las preguntas se pusieron complicadas, dijo que tenía que irse al plató de Ana Rosa Quintana.

Iglesias está cogiendo alergia a las ruedas de prensa, jura su cargo por España y ya no quiere demoler la Constitución. Es para alegrarse. Pero quién le ha visto, quién le ve… y que será lo que nos quedará por ver.

Ana I. Sánchez ( ABC )

viñeta de Linda Galmor